En la historia política, la ambición humana ha sido siempre un motor de grandes cambios, tanto constructivos como destructivos. No hay figura histórica que escape a la tensión entre lealtad y poder; sin embargo, pocos episodios recientes combinan con tanta intensidad la traición, el oportunismo y la supervivencia política como el ascenso de Delcy Rodríguez a la presidencia encargada de Venezuela tras la caída de Nicolás Maduro.
Este fenómeno no es solo una simple sucesión constitucional; es la culminación de una larga trama de intereses personales, negociaciones secretas y la degradación de principios que una vez se proclamaron inquebrantables. Que Delcy Rodríguez, figura clave del régimen chavista durante décadas, haya jurado como presidenta luego de una operación militar estadounidense que removió a Maduro de la jefatura del Estado es, para muchos, el acto simbólico de una traición histórica.
El 3 de enero de 2026 marcó un antes y un después para Venezuela: las fuerzas estadounidenses capturaron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, acusados de delitos graves, y los trasladaron fuera del país. En cuestión de días, Delcy Rodríguez, entonces vicepresidenta y ministra de Petróleo, fue “juramentada” como presidenta interina bajo mecanismos extraordinarios de sucesión constitucional. Su propio juramento, administrado por su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, fue celebrado con un discurso que hablaba de dolor por el sufrimiento del pueblo venezolano ante lo que calificó de “agresión ilegítima” y “secuestro” de dos héroes —refiriéndose a Maduro y Flores— por parte de Estados Unidos.
Pero más allá de las palabras rituales, lo que realmente fascinó y escandalizó a observadores y detractores fue cómo Delcy llegó a ese punto y cuál fue el precio pagado para que sucediera.
Ambición, Inseguridad y el Control de la Narrativa
Puede que la ambición por el poder no sea en sí misma una traición, pero cuando esta se convierte en el motor de decisiones que separan a un actor político de su principal aliado e incluso de la figura que le había asegurado su posición, la línea divisoria se vuelve difusa. En la psicología del poder, muchos líderes carentes de seguridad interna buscan validación externa: el reconocimiento, el control y la permanencia en el poder pueden volverse una forma de compensar inseguridades profundas. Bajo esa lógica, Delcy Rodríguez —una figura que nunca fue la primera opción para liderar el chavismo tras Chávez— pudo haber considerado que su permanencia en el poder requería desprenderse de la sombra de Maduro y negociar su supervivencia con actores externos que ya habían decidido intervenir.
Algunos reportes periodísticos, incluyendo investigaciones publicadas por El Miami Herald, señalan que tanto Delcy como su hermano Jorge mantuvieron negociaciones discretas con representantes de Estados Unidos y terceros —como intermediarios qataríes— para explorar una “transición sin Maduro”, manteniendo intacto el aparato del chavismo pero sustituyendo a su líder más impopular o controvertido. El objetivo de esos contactos habría sido asegurar, a cambio de una reorientación política y económica, el acceso venezolano a sus vastos recursos petroleros y mineros bajo términos más favorables a Washington.
Este tipo de negociaciones no pueden verse como ocurrencias espontáneas, sino como el resultado de años de colaboración dentro de una estructura que se fue convirtiendo —según denuncias de oposición y observadores internacionales— en un régimen responsable de violaciones de derechos humanos, corrupción masiva y represión sistemática. Delcy y Jorge no son figuras periféricas; han ocupado roles centrales desde los tiempos de Hugo Chávez y se convirtieron en piezas clave para consolidar el poder de Maduro. Por eso, que ahora promocionen su liderazgo como “moderno” y “reformista” no solo parece una reforma cosmética, sino una reinterpretación cínica de su propia historia política.
Las Víctimas Invisibles: Millones de Venezolanos
Decir que Delcy Rodríguez fue “necesaria” para el chavismo no es exagerado: ha sido parte integral de un régimen que sumió al país en una crisis humanitaria de proporciones masivas. Millones de venezolanos han sufrido escasez, migración forzada, violencia y colapso institucional. En ese sentido, la responsabilidad de figuras como Delcy y Jorge no es abstracta: son parte de un sistema cuyos efectos sobre la sociedad venezolana han sido devastadores.
La narrativa oficial que intenta lavar su imagen, presentándola como una opción de estabilidad frente al caos, choca con realidad tangible. Aunque su nuevo gobierno se presenta ante Washington como aliado que puede facilitar la extracción y exportación de petróleo —aparentemente satisfaciendo los intereses económicos de Estados Unidos en la región—, internamente enfrenta escepticismo, resistencia y acusaciones de haber servido de puente para la caída de Maduro.
El Nuevo Equilibrio de Poder
El poder, tradicionalmente, tiende a concentrarse en manos de aquellos que saben negociar, y los Rodríguez han demostrado esa habilidad política. Ahora, con Jorge al frente de la Asamblea y Delcy en el Ejecutivo interino, el clan concentra gran parte del poder político en Venezuela. Sin embargo, ese poder no es incondicional: deben equilibrar las demandas de Washington, las tensiones internas del chavismo que aún resisten, y las expectativas de una población exhausta que no olvidará las décadas de penuria.
Al nombrar a Héctor Rodríguez como vicepresidente —una figura vinculada a los orígenes del chavismo— y al pronunciar discursos que intentan restituir la legitimidad del gobierno, Delcy está tratando de caminar sobre una cuerda floja. Sus palabras buscan captar tanto a los sectores que aún veneran la revolución como a los intereses estadounidenses que ahora la respaldan de facto. Y todo ello ocurre en un ambiente donde figuras como Donald Trump, desde sus redes sociales, se permiten bromear sobre su papel con mensajes que desafían cualquier solemnidad institucional.
Conclusión: ¿Traición o Oportunismo?
Si la traición se define como abandonar lealtades fundamentales por interés propio, entonces la narrativa que rodea a Delcy Rodríguez apunta claramente en esa dirección. Más allá de la legitimidad constitucional de su ascenso, está la cuestión moral y política de cómo se llegó allí y quién se beneficia realmente de este nuevo arreglo. La historia juzgará a los protagonistas, pero lo que es innegable es que Venezuela ha entrado en una nueva fase donde aquellos que una vez fueron pilares del régimen ahora son vistos por algunos como facilitadores de su desmantelamiento, ya sea por conveniencia o por cálculo estratégico.
La ambición humana, muchas veces, escribe las traiciones más profundas. Y en este caso, parece que los Rodríguez la han convertido en arte político.










