En la Tierra a sábado, marzo 7, 2026

LA NADA Y EL NADAÍSMO DEL TUCÁN

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La nada, decía Sartre, no es un agujero en la realidad. No es un vacío cósmico como el interior de una nevera a las cuatro de la mañana. La nada aparece cuando algo que estaba deja de estar, cuando lo evidente se rompe como una taza mal fregada.

La nada es, básicamente, cuando el mundo pierde el sentido… y nadie sabe quién tiene el manual.

En la costa del Pacífico de Costa Rica, esa mañana, la realidad había perdido el manual por completo.

En mitad de la playa yacía el cadáver de un mamut.

Un mamut gigantesco, prehistórico, grisáceo y absolutamente fuera de contexto histórico, geológico y narrativo. Las olas le daban en los tobillos con la misma expresión resignada que tendría un funcionario sellando papeles en agosto.

El animal llevaba allí días.

O siglos.

O desde la última cumbre internacional, nadie estaba seguro.

Sobre una palmera cercana colgaba una familia de perezosos: los ministros del gabinete. Se balanceaban lentamente, como si el tiempo fuese una sustancia espesa que alguien hubiese olvidado agitar.

Tenían pupilas del tamaño de dos monedas.

La razón estaba caminando por la playa.

Tac.

Tac.

Tac.

El sonido de unos tacones de Gucci rompiendo la arena húmeda.

Era el tucán.

Una hembra de tucán enorme, de pico desproporcionado, mirada intensa de líder espiritual y una seguridad ideológica que sólo poseen los gurús, los entrenadores motivacionales y ciertas tertulias políticas de madrugada.

El tucán se detuvo frente a los perezosos.

  • Compañeros del gabinete arbóreo —dijo con solemnidad—. El universo está vibrando en frecuencias transformadoras.

Los perezosos lo miraban con la misma atención que una tostadora escucha un podcast..

Horas antes el tucán había organizado un retiro espiritual.

Según el programa oficial, se trataba de una “jornada de deconstrucción ontológica del poder”.

En la práctica había sido una olla enorme de ayahuasca.

Muy cargada.

Muchísimo.

  • La arena está hablando murmuró un perezoso.
  • La arena siempre habla —dijo otro—. Pero hoy habla en subtítulos.

Uno de ellos señaló el mamut.

  • Ese señor grande creo que representa algo.

El tucán caminó hacia el cadáver con gesto ceremonial.

Tac.

Tac.

Tac.

Los tacones de Gucci brillaban bajo el sol tropical con una autoridad casi metafísica.

  • Este mamut —dijo el tucán— representa la intervención americana en Oriente Medio.

Los perezosos guardaron silencio.

Uno de ellos intentó aplaudir pero se quedó a mitad del gesto durante unos veinte segundos.

  • Tiene sentido —dijo finalmente—. Es grande, está muerto y nadie sabe muy bien cómo llegó aquí.

El viento sopló suavemente.

Un cangrejo pasó caminando de lado como si no quisiera involucrarse en la conversación.

El tucán levantó una ala.

  • La nada, compañeros, aparece cuando lo que parecía inevitable se revela absurdo.

Los perezosos contemplaron el mamut.

  • Yo creía que era una montaña, dijo otro.
  • Eso es porque aún estás dentro del paradigma mamútico, respondió el tucán con paciencia pedagógica.

El perezoso reflexionó profundamente.

Tardó aproximadamente tres minutos.

  • Creo que lo estoy trascendiendo.

En ese momento uno de los perezosos empezó a reír.

Primero lentamente.

Luego mucho.

  • El mamut… —dijo entre carcajadas— está intentando hacer un think tank.
  • Eso es normal —dijo otro—. La geopolítica aparece mucho en la fase tres de la ayahuasca.

El tucán asentía con gravedad mística.

  • El problema del mundo —explicó— es que la gente cree que los mamuts son inevitables.

Señaló el cadáver.

  • Pero miradlo.

Los perezosos lo miraron.

Uno de ellos habló con voz profunda.

  • Creo que está intentando privatizar el océano.
  • Eso fue la ayahuasca de anoche —dijo otro—. La que tenía cilantro.

El tucán dio otro paso.

Tac.

Tac.

Tac.

  • Cuando el mamut cae —continuó—, aparece la nada.

Uno de los perezosos levantó una garra.

  • Pero… sigue ahí.
  • Exacto, dijo el tucán.
  • Entonces no es nada.

El tucán suspiró con paciencia existencialista.

  • La nada es cuando todos fingimos que esto es normal.

Los perezosos se quedaron pensando.

Uno de ellos empezó a ver gráficos económicos flotando en el aire.

Otro estaba convencido de que la palmera era un comité de expertos.

El más pequeño del grupo miró al tucán.

  • Tengo una pregunta.
  • Adelante.
  • ¿Tú quién eres exactamente?

El tucán levantó el pico hacia el sol.

Los tacones de Gucci brillaron como dos faros ideológicos.

  • Yo —dijo— soy la facilitadora de la conciencia colectiva.

Los perezosos asintieron con admiración alucinada.

Uno de ellos dijo:

  • Creo que la democracia participativa es cuando el mamut también opina.

Otro añadió:

  • O cuando la arena vota.

El viento sopló otra vez.

Las olas seguían golpeando la playa.

El mamut permanecía allí, enorme, absurdo, geopolítico y completamente muerto.

Y en aquella playa surrealista, bajo el sol tropical, entre ayahuasca ministerial, filosofía existencialista y un tucán con tacones de Gucci dirigiendo una asamblea psicodélica mientras, obligada por las circunstancias y los intereses de los perezosos, oficia su última ceremonia… no se presentará a la reelección.

La nada de Sartre aparecía de la forma más clara posible:

cuando todo el mundo miraba el mamut…

y aún así actuaba como si aquello fuese perfectamente normal.

José Antonio RULFO.

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