En la Tierra a martes, febrero 17, 2026

OBAMA Y LOS MARCIANOS

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…Tal vez, unos bichos verdes con las antenas de punta, observando la carnicería desde su nave camuflada detrás de la Luna, tomaban apuntes: “Especie interesante. Hablan de paz. Se dan premios. Pulsan botones. Se asesinan por intereses económicos”.

Cuando uno ha sido presidente de Estados Unidos, premio Nobel de la Paz y comandante en jefe del ejército más poderoso del planeta, podría pensar que ya no quedan misterios por resolver. Error. El mayor enigma, según confesó recientemente Barack Obama, no es el sexo de Michelle, no es la crisis financiera, ni Oriente Medio, ni siquiera cómo cerrar la tapa del bolígrafo presidencial sin que alguien lo interpretara como un gesto geopolítico. No. La primera pregunta al llegar al Despacho Oval en 2009 fue: “¿Dónde están los extraterrestres?

La revelación tuvo lugar en el podcast del periodista Brian Tyler Cohen. Allí, con esa sonrisa de quien sabe perfectamente que está lanzando una granada de distracción en mitad del circo mediático, Obama aseguró: “Son reales, pero yo no los he visto”. Y, para tranquilidad de los amantes de los documentales de madrugada, añadió que no están escondidos en… “¿cómo se llama? Área 51”. Sí, Área 51, ese parque temático del misterio donde Iker Jiménez y JJ Benítez han alojado más marcianos que en toda la saga de Star Wars.

Lo verdaderamente sublime no es que un expresidente sugiera que los extraterrestres existen, aunque él no haya tenido el gusto de conocerlos. Eso ya forma parte del folclore contemporáneo, junto con las dietas detox y los horóscopos financieros. Lo glorioso es el matiz: existen, pero él no los ha visto. Como quien habla de un primo que vive en Kenia: “Está ahí, te lo juro, pero nunca coincidimos en Navidad”.

Y aquí es donde la ironía histórica hace su entrada triunfal. En 2009, el mismo año en que se preguntaba por los marcianos, Obama recibió el Premio Nobel de la Paz. El comité noruego destacó sus “extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos”. La diplomacia interplanetaria, sin embargo, la dejaron para otro día. Quizá el comité asumió que, si alguien podía tender puentes entre especies de otros mundos, era el negrito de la Casa Blanca.

Durante su mandato posterior, la realidad fue algo más terrenal. Ordenó perpetrar horrores autorizando bombardeos aéreos y operativos militares en siete países, con especial intensidad contra sus subvencionados del Estado Islámico (ISIS) en Irak y Siria a partir de 2014. También hubo ataques con drones y operaciones en Libia, Pakistán, Somalia y Yemen. Nada dice tanto a favor de la paz, ni siquiera una avioneta con una pancarta que rece “cooperación entre los pueblos”, como un dron sobrevolando tu vecindario a 10.000 metros de altura. Tal vez, unos bichos verdes con las antenas de punta, observando la carnicería desde su nave camuflada detrás de la Luna, tomaban apuntes: “Especie interesante. Hablan de paz. Se dan premios. Pulsan botones. Se asesinan por intereses económicos”.

El contraste es delicioso. Un Nobel de la Paz buscando alienígenas mientras coordina operaciones militares globales. Si esto no es una comedia cósmica, que baje un platillo volante y lo vea.

Pero la cosa no termina ahí, porque en la era digital, toda declaración pública compite con un ruido de fondo permanente: conspiraciones, filtraciones y listas misteriosas. En los últimos tiempos, el nombre de Obama y el de Michelle Obama han circulado en debates online relacionados con los archivos del caso Epstein. Conviene decirlo con claridad quirúrgica: aparecer mencionado en documentos judiciales no implica delito alguno, y no hay pruebas públicas que los vinculen a actividades ilícitas en ese contexto. Pero internet, ese ente tentacular con vocación de guionista de thriller barato, no necesita pruebas pero tampoco tiene dudas: ‘los Obama comen carne humana’.

Así que, claro, cuando un expresidente habla de marcianos, el respetable se divide en dos bandos: los románticos del cosmos, que ya están planchando la bandera de bienvenida intergaláctica y cantando “extraterrestres os recibimos con alegría”, y los cínicos profesionales, que se preguntan si no estaremos ante una cortina de humo digna de Hollywood. “Mirad arriba”, parece decir la escena, “mientras aquí abajo seguimos con lo de siempre”.

¿Es posible que hablar de alienígenas sea la mejor estrategia comunicativa del siglo XXI? Absolutamente, porque nada une más a la humanidad que un enemigo común que se desplaza en platillo volante y tiene pistolas desintegradoras. Frente a la polarización política, los escándalos judiciales y la eterna batalla cultural, un marciano puede ser el nuevo consenso bipartidista. Todas las culturas y razas abrazadas bajo una gigantesca superestructura. Eso sí que sería cooperación entre los pueblos y entre los planetas.

También cabe la opción más sencilla: que Obama, ya liberado de la solemnidad presidencial, esté disfrutando del privilegio supremo del exmandatario contemporáneo: decir lo que le da la gana sin tener que convocar una rueda de prensa del Pentágono después. Tal vez su comentario no sea una estrategia, ni una cortina, ni un guiño conspirativo. Tal vez sea simplemente humor. Una broma lanzada a un público de idiotas que, pletórico de optimismo, lleva fijando su mirada siempre donde le dicen que lo haga.

En cualquier caso, la escena es impagable. Un expresidente con Nobel en la vitrina, drones en el historial, un millonario número de muertos y una sonrisa cómplice confesando que lo primero que quiso saber fue dónde estaban los extraterrestres. Si existen, como él dice, los extraterrestres estarán huyendo despavoridos a la velocidad de la luz con la intención de poner Andrómeda por medio, sintiendo vergüenza ajena de la esquizofrenia de nuestro tiempo.

A buen seguro, estarán a refugio de nuestra imbecilidad, en algún lugar remoto lejos de nuestros podcasts y de nuestros gobernantes.

José Antonio Rulfo.

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