En una calle polvorienta de un pueblo sin nombre, unos niños juegan a las canicas.
Bolas de colores ruedan entre risas y codazos, disputándose un tesoro que sólo existe mientras dura la luz de la tarde.
Por la misma calle avanza un carro tirado por un borrico famélico, tan delgado que se le marcan las costillas como cuentas de un rosario roto. El hombre que lo guía camina a su lado, tirando con fuerza de las riendas cada vez que la bestia se atasca en un bache. Sus cascos sin herrar, resbalan inútilmente sobre la tierra seca.
Los niños apenas levantan la mirada. Siguen perdidos en su pequeño universo de vidrio coloreado y arcilla que las aleja de la redondez… ganando y perdiendo reinos que caben en la palma de la mano.
A kilómetros de allí, en las alturas de Cusco, sus padres trazan líneas incomprensibles en la tierra.
Líneas que sólo entienden los dioses. Nazcas vivas, eternas, cargadas de sangre ofrecida, de maizales que brillan como mares de espejos bajo el sol implacable, de sueños escritos hace milenios para que ningún humano los descifre del todo.
Mientras tanto, los niños siguen jugando en la calle.
De vez en cuando, uno de ellos levanta la cabeza y mira al cielo.
Ven una luz extraña que desciende, como si un dedo invisible marcara desde arriba, aquello que nunca debe ser comprendido.
Porque hay verdades que la ciencia jamás alcanzará, ya que el amor, a veces, salta por encima de la propia especie.
Es una locura que un niño jugando a las canicas y un borrico famélico tirando de un carro, pueden estar más cerca de lo sagrado que todas las líneas trazadas por los paracas y sus descendientes.
Al final, lo más grande siempre ocurre en lo más pequeño. MicroMega…
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…










