…El hombre naranja tiene una curiosa habilidad para convertir lo improbable en espectáculo, y lo impensable en trending topic. Pero incluso en ese ecosistema donde todo parece posible, la invocación de la Vigésima Quinta Enmienda contra el presidente sigue perteneciendo más al terreno de la fantasía constitucional que al de la realidad política. Y eso que, si uno atiende al guión reciente —alto el fuego con Irán, exigencias sobre el Estrecho de Ormuz, retórica inflamable y una avalancha de declaraciones chabacanas e incendiarias— parecería que el argumento está escrito por Santiago Segura…
La Enmienda 25, para quien no la tenga fresca, no es un botón rojo que diga “retirar presidente en caso de tuit incómodo”. Es un mecanismo complejo, casi barroco, diseñado para situaciones de incapacidad real: cuando el presidente no puede ejercer sus funciones por razones médicas o cognitivas evidentes. Traducido: no basta con que medio país y el resto del mundo piensen que el mandatario ha perdido el norte; hace falta que su propio gobierno lo admita y que el Congreso lo respalde con una mayoría cualificada a pesar de que es evidente que está como una regadera.
Precisamente, esa impresión es la que ha hecho posible que figuras de distintos espectros ideológicos —algunas incluso provenientes del propio universo MAGA— hayan decidido verbalizar lo que antes se susurraba. Candace Owens, con una contundencia que no admite matices, ha calificado la situación de “locura”, mientras Marjorie Taylor Greene ha pasado de defensora ferviente del trumpismo a crítica preocupada, lo cual en sí mismo ya merece estudio sociológico. Porque si algo define a la política contemporánea es la elasticidad ideológica: hoy eres aliado, mañana eres meme, si es que no eres enemigo.
Por si faltaba dramatismo, el televisivo Tucker Carlson ha decidido añadir un componente moral al asunto, cuestionando tanto el tono como el contenido de los mensajes del que fuera su amigo hasta antes de ayer. En un giro casi shakesperiano, el antiguo defensor a ultranza se convierte en voz de reproche, recordando que insultar religiones en redes sociales, mientras se juega con la posibilidad de un conflicto internacional no es precisamente diplomacia de alto nivel, sino más bien una mezcla de bajeza propia de un club de madrugada y despacho oval.
Mientras tanto, en el ala demócrata, Hakeem Jeffries ha optado por un diagnóstico más clínico que político: evaluación psicológica, pérdida de control, comportamiento impropio. Todo muy serio, muy institucional y, por supuesto, perfectamente inútil sin los números necesarios en el Congreso. Porque aquí viene la parte menos emocionante de este bochornoso espectáculo: las matemáticas no entienden de moral ni dignidad.
Y es que activar la Enmienda 25 requiere algo más que declaraciones encendidas y clips virales. Necesita que el vicepresidente Vance y una mayoría del gabinete den el paso inicial, lo cual implica una especie de motín elegante dentro del propio Ejecutivo. Después, el Congreso tendría que ratificar la decisión con dos tercios de ambas cámaras. En otras palabras: si ya es difícil ponerse de acuerdo para aprobar gilipolleces, imaginemos para destituir al hombre naranja.
Así que, mientras el debate crece y las frases suben de tono —desde “abrir los putos estrechos”, hasta amenazas de destrucción civilizatoria que parecen sacadas de un videojuego apocalíptico o a denominar cabrones a los dirigentes iraníes—, la probabilidad real de que la Enmienda 25 se materialice sigue siendo mínima. Más cerca de un eclipse político que de una votación efectiva.
Eso no significa que el ruido sea irrelevante. Al contrario. Lo que estamos viendo es una erosión del consenso interno que, en otros contextos, podría derivar en mecanismos más tradicionales como el impeachment. Pero incluso ahí, la historia reciente nos recuerda que destituir a un presidente en Estados Unidos es una tarea hercúlea: requiere no solo pruebas y argumentos, sino una voluntad política transversal que rara vez coincide en el mismo plano espacio-temporal.
En el fondo, todo esto revela algo más interesante que la propia posibilidad de la Enmienda 25: el desplazamiento del debate político hacia el terreno de la percepción psicológica y moral. Ya no se discute solo qué decisiones toma un líder desquiciado, sino si está en condiciones de tomar cualquier decisión. Y ahí entramos en un terreno resbaladizo, donde la línea entre crítica legítima y estrategia política se vuelve borrosa.
Así que no, todo parece indicar que tendremos que seguir soportando las decisiones de un demente y que la Enmienda 25 no está a la vuelta de la esquina. Pero el hecho de que se mencione con tanta ligereza dice mucho del momento que atraviesa la política estadounidense.
Un momento donde la realidad parece competir constantemente con la sátira y donde, francamente, a veces cuesta distinguirlas.
José Antonio RULFO










