Hay viajes geográficos y viajes simbólicos. Pedro Sánchez ha intentado hacer los dos a la vez en su viaje a China.
No llevó caravanas ni polvo en las botas, pero sí una puesta en escena muy estudiada. En el Gran Salón del Pueblo, Xi Jinping interpretó el papel de Kublai Khan recibiendo al viajero europeo. Y Sánchez, como moderno Marco Polo, no vino a contar maravillas de Oriente: vino a contarse a sí mismo como puente privilegiado entre Europa y China.
El mensaje era cristalino: España (léase Sánchez) ya no es un actor periférico. Es un interlocutor relevante. El reconocimiento de Xi no fue solo cortesía diplomática; fue munición política para usar en Bruselas. En una Unión Europea fragmentada, Sánchez se ofrece como el traductor, el canal, el “hombre en Pekín”.
El discurso no fue tímido. Hubo elogios casi reverenciales a Xi como actor global imprescindible, capaz de “desanudar” tensiones como las del estrecho de Ormuz, con la consabida alusión velada a Estados Unidos e Israel. Negocios primero, equilibrios después.
Porque debajo de la liturgia había un objetivo muy concreto: atraer más inversión china. Tecnología, industria, infraestructuras. La apuesta es clara, aunque arriesgada en un momento en que Europa mira a China con creciente desconfianza.
Mientras tanto, en el patio de casa, algunos medios se han entretenido en discutir si Begoña Gómez debía viajar o no, como si la política exterior se decidiera en el control de pasaportes de Barajas. El contraste roza lo ridículo.
El viaje de Sánchez no es una nueva Ruta de la Seda. Es, sobre todo, un ejercicio de construcción de relato: la narrativa de un líder que quiere proyectarse como figura internacional de peso. Otra cosa es si ese relato tiene sustancia o se queda en escenografía bien iluminada.
Marco Polo volvió con historias que fascinaron a Europa. Sánchez vuelve con titulares. El tiempo dirá si también trae consecuencias.
José Antonio RULFO










