Ayer reapareció en televisión entrevistado por Susanna Griso con una imagen tan trabajada que parecía menos una entrevista y más una resurrección estética. Iván está entre Carlos Gardel, estratega premium y consultor/consejero de sí mismo.
A Iván lo conozco de otras épocas, cuando el poder se ejercía entre despachos, silencios y llamadas que nunca existieron. Tiempos en los que algunos nombramientos se decidían antes de terminar la frase y otros se corregían enviando emisarios de confianza, como fue el caso de su salida, anunciada por el dúo dinámico: Barroso/Contreras.
En política, como en el ilusionismo, siempre hay manos visibles y manos rápidas.
Por eso sorprende este nuevo capítulo sentimental, vulnerable y casi confesional que ahora se nos presenta. Honradamente, no me lo creo. No porque uno no pueda cambiar, sino porque en política casi nadie se reinventa: se reposiciona.
Redondo siempre entendió mejor que muchos una verdad esencial de nuestro tiempo: la imagen ya no acompaña al poder, lo sustituye. El problema llega cuando el maquillaje pesa más que la memoria. El alcalde de Nueva York sudaba Farmatint ante las cámaras…
Quizá por eso esta nueva versión resulta extraña. Menos estadista, más personaje. Menos estratega, más producto. Y demasiado desaparecido el antiguo Iván, porque no es el pelo ni el tinte, ni el corazón es que se parece a Jorge Javier Vázquez, amante del bisturí y que tiene un burro por mascota…
Eso sí, cuando la política se convierte en casting, siempre acaba apareciendo alguien con demasiado foco en la cabeza.
Colega, el que te diga que te han dejado bien, te engaña. ¡Grima! ¡Ahhhhh!
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…










