“Si cae Zapatero, cae todo; después de Sánchez no hay nada”. La frase atribuida a José Luis Ábalos retrata no solo el grado de deterioro interno del socialismo español, sino también una visión profundamente limitada del propio papel histórico del PSOE dentro del régimen del 78. Resulta llamativo que quien ha sido ministro, secretario de Organización y militante durante décadas parezca incapaz de comprender que el Partido Socialista no ha sido un actor secundario del sistema, sino una de sus piezas esenciales.
Fue precisamente el PSOE quien consolidó la integración de España en la Unión Europea, quien terminó incorporando el país a la OTAN tras el referéndum de 1986, quien aceleró procesos de desindustrialización y quien contribuyó a la demolición progresiva del sector primario. Pensar que el sistema político español puede desaparecer simplemente por el descrédito de José Luis Rodríguez Zapatero supone ignorar que el PSOE ha funcionado históricamente como una estructura de Estado y no como el proyecto personal de un dirigente concreto.
Sin embargo, Ábalos considera que Zapatero constituye la auténtica cimentación política de Pedro Sánchez. Y ahí aparece una guerra soterrada que viene de lejos. Los dos José Luis jamás mantuvieron una relación fluida. Siempre existieron tensiones entre ambos, luchas de poder y profundas desconfianzas. Pero fue el denominado Delcygate el episodio que terminó por romper definitivamente cualquier posibilidad de entendimiento.
Ábalos nunca olvidó que, cuando Delcy Rodríguez aterrizó en Barajas en enero de 2020, justificó su presencia asegurando que tenía consulta médica y posteriormente una comida con su “amigo Zapatero”. Apenas dos meses después, el expresidente fue recibido en el Palacio de Miraflores por Nicolás Maduro y la propia Delcy Rodríguez.
Posteriormente, Zapatero se desvinculó de forma tajante del Delcygate y dejó que toda la responsabilidad política recayera sobre Ábalos. Ese movimiento alimentó un resentimiento que todavía hoy sigue vivo.
Lo verdaderamente revelador de la visión de Ábalos no es su resentimiento contra Zapatero, sino que contemple siquiera la posibilidad de que el sistema permita la caída del partido del régimen y de quien llegó al poder con una misión precisa: transformar la hegemonía cultural española para hacer aceptable el nuevo orden ideológico y político basado en el existencialismo y en la negación de una naturaleza humana predeterminada.









