En la Tierra a martes, julio 14, 2026

VIVO EN UN MICROONDAS APARCADO EN UN BUS

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No recuerdo haber pasado tanto calor cuando era niño. Y eso que mi infancia transcurrió en un país donde el aire acondicionado era un lujo reservado a los bancos, a los ministerios y a algún cine que olía a colonia barata y a pipas. Nosotros íbamos a la playa en un Seat 600 que tardaba más en llegar que un AVE con incidencias. Da igual si el destino era Gandía, Benidorm o cualquier rincón del Mediterráneo, donde el agua pareciera capaz de borrar el polvo de Madrid. El viaje era una aventura. Las ventanillas bajadas, los codos quemándose al sol, las discusiones por la sombrilla, la tortilla de patatas envuelta en papel de aluminio y aquel bote de protector solar que se administraba como si fuera agua bendita: una mano por la mañana y, si sobrevivías, por la noche llegaba el Ecran y los paños de agua con vinagre. Los turistas del norte de Europa aterrizaban blancos como la nata y cuatro días después caminaban por el paseo marítimo convertidos en gambas cocidas, desnudos de dignidad porque hasta la camiseta dolía. Siempre aparecía alguien que sentenciaba con esa crueldad tan española: “Está achicharrado”. Y seguíamos viviendo.

Hacía calor. Muchísimo calor. Pero nadie hablaba de cambio climático. Tampoco de olas de calor con nombre propio. El verano era el verano y el invierno era el invierno. Lo que sí existía era otro tipo de miedo. El Lute. El hombre del saco. El desconocido que podía llevarse a los niños. Cada época fabrica sus monstruos y cada generación termina creyendo que los suyos son los definitivos.

Hoy vivimos rodeados de alertas. Pantallas que cambian de color. Mapas teñidos de rojo. Mensajes que nos recuerdan constantemente que debemos tener miedo de algo. Del calor. De la lluvia. Del viento. Del incendio. De la próxima pandemia. Del siguiente titular. Da la impresión de que el miedo se ha convertido en el electrodoméstico más utilizado del país.

Y mientras tanto, el monte sigue abandonado.

Los incendios ya no se explican sólo por las altas temperaturas. También por décadas de abandono rural, por la desaparición de la ganadería extensiva, por montes sin limpiar y por políticas que demasiadas veces llegan cuando ya sólo queda ceniza. Es más cómodo hablar de “incendios de sexta generación” que preguntarse cuántos kilómetros de cortafuegos faltan o cuántos pueblos han perdido a quienes cuidaban el territorio durante todo el año.

Con las inundaciones ocurre algo parecido. Después del barro llegan las comisiones, las comparecencias, los discursos y las fotografías. Lo difícil siempre queda para después. Reconstruir. Mantener. Prevenir. Aprender.

Y así vamos. ¡Saltando de una alarma a otra!
Como si viviéramos dentro de un microondas aparcado en un autobús que nadie conduce, mientras una voz por megafonía nos tranquiliza diciendo que todo está bajo control. Quizá el problema no sea únicamente el calor.

Quizá el verdadero problema sea que hemos terminado aceptando vivir en un estado permanente de emergencia donde casi nadie pregunta qué podría haberse hecho antes para evitar parte del desastre. Nos acostumbramos a sobrevivir.

Y una sociedad que sólo sobrevive termina olvidando cómo era vivir.

Porque el miedo, cuando se administra en pequeñas dosis todos los días, acaba pareciéndose demasiado a la normalidad.

“¿Cuándo dejamos de proteger el mundo en el que crecimos y empezamos simplemente a acostumbrarnos a perderlo?”

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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