Quince días después de la entrada masiva de decenas de miles de personas procedentes de Marruecos, Ceuta continúa intentando recuperar una normalidad que, por ahora, parece tan esquiva como las soluciones del Gobierno. El Ministerio del Interior elevó a 72.000 el número de personas que entraron en la ciudad y sostiene que unas 70.000 ya han regresado a Marruecos. Sin embargo, las cifras sobre quienes permanecen en territorio ceutí elevan a 20.000 el número de inmigrantes que deambulan por la zona.
En este escenario, el optimismo del presidente Juan Jesús Vivas alcanza cotas dignas del doctor Pangloss. Después de desplazarse al palacio de Marivent para reivindicar ante Felipe VI su compromiso con Ceuta, Vivas anunció con solemnidad la primera visita del monarca a la ciudad, convencido de que se produciría porque, según sus palabras, «el rey cumple sus compromisos». Hoy aquella seguridad resulta difícil de distinguir de la positividad patológica de Pollyanna.
No le va a la zaga el optimismo ministerial. Mientras Vivas reclama un mando único, el Gobierno parece practicar precisamente lo contrario: una especie de tenis de mesa administrativo en el que Margarita Robles devuelve la pelota a Mónica García y García se la devuelve al ámbito de Defensa. Entretanto, Sánchez disfruta de sus vacaciones en La Mareta practicando el sudapollismo. Eso sí, refuerza la seguridad del recinto presidencial con 120 miembros que blinden su intimidad y la de Jesús Calleja. En Ceuta, en cambio, la frontera se blinda con un churro flotador de 500 metros.
Y la sanidad constituye quizá el ejemplo más grotesco de esta disociación entre el discurso y la realidad. García reconoce que el sistema está «tensionado», aunque rechaza hablar de colapso; Sanidad asegura que ha atendido a 5.800 migrantes y que ha contratado refuerzos, mientras Vivas y la oposición reclaman medidas extraordinarias.
Particularmente llamativa ha sido la discusión epidemiológica. La ministra García advirtió de un riesgo bajo para la población ceutí y moderado para los migrantes, y rechazó vincular inmigración y enfermedad por considerarlo xenófobo. Debe de ser que la realidad obedece a un sentimiento racista.
Así que, quince días después, seguimos con el viejo «si patatín, que si patatán, y la casa sin barrer». Mucha declaración, mucho reparto de competencias y demasiada confianza en que el problema termine desapareciendo por sí solo. Ceuta, mientras tanto, espera algo bastante más prosaico que discursos: mando, medios, soluciones o la toma sin resistencia de las tropas del teniente coronel Yagüe.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis










