La verdad es que ella no quiso. Pudo ser el señorito. Pudo ser la distracción. Pudo ser el del cérvix… Da igual. Al final siempre aparece el mismo argumento: “no hay problema”. Pues sí lo hay. Porque llega un momento en que uno deja de confundir paciencia con dignidad. Y hasta aquí.
Vivimos en una sociedad que presume de moderna mientras sigue mirando por la mirilla de la puerta. Ha cambiado el visillo por las redes sociales, pero continúa disfrutando exactamente igual del juicio ajeno. Siempre hay alguien dispuesto a decidir cuándo se te pasó el arroz, cuándo deberías haberte casado, cuándo ya no estás para enamorarte o cuándo tu mejor oportunidad quedó enterrada junto a las hombreras de los años ochenta.
Nos han vendido la juventud como si fuera una religión. Cremas milagrosas, filtros, labios hinchados, narices nuevas, pómulos reciclados y promesas de felicidad en cómodos plazos.
Pero la piel sólo engaña al espejo. Nunca engaña a la vida.
Llegar no es fácil. Llegar cuesta cicatrices. Cuesta entierros. Cuesta despedidas. Cuesta noches sin dormir, hospitales, pérdidas, traiciones, errores, hijos, padres, amores que se fueron y otros que nunca llegaron. Cada arruga tiene una biografía. Cada cana es una victoria sobre una muerte que todavía no consiguió alcanzarte.
Hay mujeres de cuarenta que parecen de setenta. Y mujeres de sesenta que iluminan una habitación simplemente porque han aprendido a vivir. La belleza nunca estuvo en la fecha del DNI. Estuvo siempre en la luz que consigue atravesar una cara después de haber soportado media vida.
Envejecer no debería dar mala reputación. Al contrario. Es el mayor privilegio que existe. Porque llegar a viejo es un honor. Lo verdaderamente terrible no es cumplir sesenta. Lo terrible es no tener la oportunidad de cumplirlos.
Quizá el problema nunca fueron los años. Quizá el problema siempre fue una sociedad empeñada en admirar la piel y despreciar la historia que esa piel tardó toda una vida en escribir.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…










