En la Tierra a lunes, agosto 31, 2026

LA QUIEBRA MORAL

Hay imágenes que deben obligarnos a detenernos. No porque sean excepcionales, sino porque revelan algo profundamente repugnante sobre nosotros mismos…

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En medio de una crisis migratoria que ha desbordado a una pequeña ciudad y que exige otra respuesta mucho más firme y eficaz de la que un legislativo panoli está dando, un grupo de manifestantes llegó ayer a impedir el paso de un convoy de Cruz Roja que transportaba alimentos para los parias asentados en la zona del Trampolín. Después, algunos “patriotas” accedieron a una playa cercana para destrozar los refugios improvisados y prender fuego a parte de ellos y a cuantas pertenencias se encontraron a su alcance.

Podemos discutir durante horas sobre fronteras, inmigración, seguridad, capacidad de acogida, responsabilidad política o sobre el derecho de los ceutíes a sentirse abandonados ante una situación extraordinaria. Y debemos hacerlo. Una crisis de esta magnitud no puede recaer indefinidamente sobre una población de apenas unas decenas de miles de habitantes que han sido abandonados a su suerte.

Pero existe una frontera que ninguna crisis debería hacernos cruzar: aquella que separa la indignación legítima de la barbarie y, en consecuencia, de la deshumanización.

Porque una cosa es exigir que el Estado resuelva una situación insostenible y otra muy distinta decidir que quien duerme sobre cartones deja de merecer la más mínima compasión. Una cosa es denunciar el fracaso de una política migratoria y otra impedir que llegue agua y alimento a seres humanos desvalidos que, independientemente de cómo hayan llegado hasta allí, están en situación urgente de necesidad.

Las chozas de cartón, plástico y tela podrán ser ilegales, precarias, insalubres o incompatibles con el uso normal de una playa. Pero para quien duerme dentro de ellas son, aunque sea durante unos días, su único refugio. Y las mochilas que arden no contienen una abstracción llamada “inmigración”: contienen ropa, documentos, recuerdos, objetos personales. Son el único bien material y las únicas pertenencias de unas personas concretas, de unos desheredados.

Y aquí aparece la pregunta verdaderamente difícil.

¿En qué momento hemos dejado de preguntarnos qué solución necesita una crisis y hemos comenzado a preguntarnos cómo hacer sufrir a los inocentes de toda culpa que la protagonizan? ¿Cómo puede llegar una sociedad a contemplar el sufrimiento de otro ser humano y considerar que putearle, negándole la comida o quemando sus pertenencias, constituye una respuesta?

Porque una sociedad, aunque sea una sociedad de idiotas, no demuestra su grandeza únicamente por cómo protege sus fronteras, sino también por aquello que se niega a hacerle al vulnerable cuando está abandonada, enfadada o temblando de miedo.

La crisis de Ceuta necesita soluciones. Necesita Estado, recursos, control fronterizo, organización y responsabilidad política. Pero hay algo que necesita todavía mucho más: que esa sociedad no pierda su humanidad intentando defenderla. ¡Qué asco!

José Antonio RULFO

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