En la Tierra a jueves, septiembre 10, 2026

EL MURO DE LA VERGÜENZA

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Que Ceuta termine algún día sometida a una fórmula de gestión conjunta, de soberanía compartida o, finalmente, de cesión es una posibilidad que hoy puede parecer disparatada, pero precisamente por eso conviene mirar lo que ocurre antes de que lo disparatado termine convertido en normalidad. Marruecos juega su partida desde hace décadas. Tiene Estado, Ejército, estrategia, paciencia y una monarquía alrededor de la cual se concentra el poder. Tiene también necesidades, desigualdades y una población joven a la que demasiadas veces se le ha vendido que al otro lado de una frontera empieza automáticamente una vida mejor. Y nosotros, mientras tanto, seguimos creyendo que las fronteras se defienden únicamente con declaraciones institucionales, reuniones bilaterales y fotografías de ministros estrechándose las manos dentro de una lechera de la Policía esposada en sus atribuciones.

Nos han engañado demasiadas veces porque nos hemos dejado engañar demasiadas veces. Como aquellos que buscan explicaciones milagrosas en genealogías imposibles, reyes olvidados, sangres especiales o RH negativos que supuestamente demostrarían quién pertenece más a una tierra. Todos del mismo vientre y todos tan diferentes. La historia sirve para conocer de dónde venimos, no para inventarnos certificados de propiedad humana. Pero un Estado sí tiene la obligación de conocer su territorio, defender su soberanía y explicar a sus ciudadanos hasta dónde está dispuesto a llegar para conservarla.

En el sur del sur están nuestras Ceuta y Melilla, las islas Chafarinas, los peñones y Perejil. Territorios españoles cuya soberanía no depende de una ocurrencia editorial ni de que un Gobierno sea de izquierdas o de derechas. Y todavía más al sur de nuestro sur aparece la paradoja de Gibraltar: territorio británico cuya soberanía reclama España desde hace siglos. Quizá por eso resulta inevitable preguntarse qué clase de país somos, cuando exigimos recuperar aquello que consideramos nuestro, mientras parecemos incapaces de hablar sin complejos de aquello que es nuestro.

Queremos Gibraltar, pero a veces parecemos pedir perdón por tener Ceuta y Melilla. Ahí comienza el muro de la vergüenza.

Porque las fronteras no desaparecen de golpe. Primero se discuten. Después se relativizan. Más tarde se convierten en una incomodidad diplomática. Luego aparece alguien proponiendo una gestión conjunta como solución pragmática y finalmente llega una generación que pregunta para qué merece la pena mantener aquello que sus padres dejaron de defender. No hacen falta tanques cuando previamente se ha conseguido instalar la duda.

Y Marruecos lo sabe. Rabat mantiene históricamente sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, mientras España sostiene inequívocamente su soberanía. Esa discrepancia no desaparecerá porque decidamos mirar hacia otro lado. Las relaciones entre países vecinos pueden y deben ser buenas, pero una buena relación no consiste en que uno formule sus aspiraciones territoriales y el otro procure no hablar demasiado alto para no molestarlo. Cooperar no significa renunciar. Dialogar tampoco significa arrodillarse.

Mientras discutimos palabras, además, existe una realidad cotidiana que termina siendo mucho más poderosa que cualquier discurso: quién compra, quién invierte, quién controla negocios, quién posee inmuebles, quién abandona determinadas zonas, quién permanece y quién acaba sintiendo que su propia ciudad ha dejado de pertenecerle. Nada de eso modifica por sí mismo la soberanía española, naturalmente. Comprar una casa no equivale a comprar un país. Pero los Estados inteligentes observan los cambios demográficos, económicos y sociales de sus territorios estratégicos antes de descubrirlos cuando ya se han convertido en problemas políticos.

Quien piense que lo que está ocurriendo en determinadas ciudades, pueblos y comunidades españolas puede resolverse simplemente llamando xenófobo al que pregunta o ingenuo al que advierte, se equivoca. España necesita una política migratoria seria precisamente para poder defender la inmigración legal, ordenada e integrada. Necesita saber quién entra, por dónde entra, por qué entra y qué ocurre después. Necesita distinguir al trabajador que llega a construir una vida del delincuente que aprovecha cualquier descontrol. Meterlos a todos en el mismo saco es tan irresponsable como fingir que todos los problemas desaparecen si dejamos de nombrarlos.

También necesitamos recuperar una palabra que hemos convertido absurdamente en sospechosa: frontera. Una frontera no es odio. Una frontera es la línea administrativa y política que permite que exista un Estado. Europa tiene fronteras. Marruecos tiene fronteras. Francia tiene fronteras. Reino Unido tiene fronteras. Y España también debe poder defender las suyas sin tener que presentar una instancia pidiendo perdón.

Porque la cuestión no es odiar al vecino. Todo lo contrario. Marruecos seguirá estando ahí dentro de cien años y nuestra obligación es mantener con él la mejor relación posible. Somos vecinos, socios comerciales y países condenados —afortunadamente— a entendernos. Pero precisamente entre vecinos existen puertas, paredes y escrituras. Uno puede invitar al vecino a cenar todas las noches sin entregarle las llaves de su casa.

Y después está Gibraltar, esa extraordinaria contradicción histórica que debería obligarnos a mirarnos al espejo. España lleva siglos reclamando la soberanía del Peñón mientras Reino Unido mantiene allí su presencia. Podemos discutir eternamente tratados, aguas, verja, fiscalidad y cooperación. Pero hay una pregunta mucho más sencilla: ¿con qué autoridad política reclamaremos mañana aquello que perdimos, si hoy demostramos indiferencia hacia aquello que conservamos?
Quizá ha llegado el momento de darle la vuelta al tablero. De dejar de comportarnos como un país acomplejado. De defender Ceuta y Melilla con inversiones, infraestructuras, seguridad, oportunidades y presencia institucional; no únicamente visitándolas cuando hay una crisis. De fortalecer su españolidad no mediante discursos grandilocuentes, sino consiguiendo que vivir allí sea un privilegio y no una resistencia.

Y, puestos a hablar de descolonización, soberanía e integridad territorial, hablemos de todo. Hablemos de Ceuta. Hablemos de Melilla. Hablemos de Perejil y de Chafarinas. Y hablemos también de Gibraltar. A lo mejor resulta que llevamos demasiado tiempo construyendo el muro de la vergüenza en la dirección equivocada: mirando obsesivamente hacia fuera mientras quitábamos, piedra a piedra, nuestra propia confianza como país.

No quiero un muro contra Marruecos ni contra los marroquíes. Quiero un muro contra nuestra cobardía política, nuestra improvisación y esa extraordinaria capacidad española para discutir durante veinte años sobre un problema y sorprendernos el día veintiuno porque finalmente ha ocurrido.

Y después, cuando tengamos claro qué somos, qué territorio defendemos y cuáles son nuestras fronteras, podremos sentarnos con cualquiera. También con los británicos. Pero esta vez para preguntarles, educadamente, cuándo piensan devolvernos lo que es nuestro.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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