La pregunta es injusta con Felipe VI si se formula como si el monarca pudiera levantarse una mañana, ponerse el uniforme de capitán general, ordenar preparar el avión y plantarse en Ceuta pasando por encima del Gobierno. No puede hacerlo. España no es Marruecos y Felipe VI no es Mohamed VI. Y precisamente ahí comienza una de las paradojas más incómodas de esta crisis: a un lado de la frontera hay un rey con enormes poderes políticos; al otro, un rey constitucionalmente limitado cuya capacidad de actuación institucional depende del engranaje de una monarquía parlamentaria.
Nuestra Constitución establece que el Rey es jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia. Le corresponde además el mando supremo de las Fuerzas Armadas, puede ser informado de los asuntos de Estado y puede presidir el Consejo de Ministros cuando lo estime oportuno, pero a petición del presidente del Gobierno. Y sus actos, salvo las excepciones constitucionalmente previstas, necesitan refrendo. Incluso la declaración de guerra y la paz que contempla el artículo 63 requieren autorización previa de las Cortes Generales. Es decir: tenemos un Rey que representa la unidad de España pero que no puede administrar esa unidad como si fuese su patrimonio.
Conviene recordarlo ahora porque resulta demasiado fácil exigir a Felipe VI que haga aquello que la Constitución precisamente impide que haga. Pero también resulta legítimo preguntar si dentro de esos estrechos márgenes institucionales la Corona está teniendo toda la presencia que merece una situación como la de Ceuta. Hoy el Rey ha roto parte de ese silencio y ha reconocido públicamente el comportamiento de la Ciudad de Los Caballas ante una situación que calificó de «extraordinaria complejidad». Antes había trasladado su preocupación y se había reunido con responsables militares y con la ministra de Defensa para conocer el dispositivo desplegado. La visita de Felipe VI y Letizia a Ceuta se está preparando entre Zarzuela y Moncloa, aunque todavía no existe una fecha anunciada.
Pues que vayan. Que vayan los dos.
No para desplegar una bandera contra Marruecos. No para sustituir al Gobierno. No para convertir al Rey en ministro del Interior con corona. Que vayan porque Ceuta es España y el jefe del Estado representa precisamente aquello que permanece cuando los gobiernos pasan.
La última visita de un rey español a Ceuta se produjo en 2007, cuando Juan Carlos I viajó junto a la reina Sofía. Marruecos reaccionó entonces con una condena y llamó a consultas a su embajador. Casi veinte años después seguimos administrando nuestra presencia institucional en una ciudad española mirando de reojo cuál pueda ser la reacción al otro lado de la frontera.
Y esto ocurre después de una catástrofe humana cuya magnitud ya no admite diminutivos. El propio Pedro Sánchez reconoció anoche que se produjeron más de 141 muertes en las costas de Ceuta y en la frontera durante los acontecimientos del 30 y 31 de julio. No estamos hablando solamente de números de entradas, expedientes, retornos o plazas de acogida. Estamos hablando también de cadáveres.
Los muertos
Los muertos siempre estropean los argumentarios porque no votan, no conceden entrevistas, no caben en una estadística sin que la estadística termine oliendo a manipulación y cementerio.
Y aquí aparece una de las historias más descarnadas de esta crisis. Las autoridades ceutíes comenzaron en agosto a enterrar decenas de cadáveres que permanecían en una morgue provisional. Según informaciones publicadas entonces, el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, condicionó la aceptación de cadáveres de ciudadanos marroquíes a la recepción de los correspondientes informes forenses y vinculó además la cuestión al retorno de menores marroquíes. No es correcto resumir jurídicamente aquello diciendo simplemente que «Mohamed VI no deja repatriar los cadáveres», porque esa decisión no ha sido atribuida personalmente al monarca y Marruecos planteó unas condiciones concretas. Pero precisamente esas condiciones merecen ser explicadas y discutidas.
Porque un muerto no debería convertirse en instrumento de negociación entre dos Estados. Y mientras discutimos qué Estado debe recibirlos, dónde enterrarlos y quién paga su último viaje, Ceuta carga también con los cadáveres de una crisis que no provocó. La Ciudad que tuvo que recibir a los vivos ha tenido que hacerse cargo igualmente de quienes no consiguieron llegar vivos. Eso debería avergonzar a las dos orillas.
Mientras tanto, quienes sobrevivieron siguen allí. Miles han solicitado protección internacional y España ha tenido que desplegar funcionarios, policías, abogados, instalaciones temporales y un gigantesco dispositivo administrativo. A fecha de hoy se han producido más de 5.300 retornos voluntarios y alrededor de 300 expulsiones, mientras más de 5.000 personas han solicitado asilo.
Y Ceuta intenta seguir siendo Ceuta
Una ciudad de veinte kilómetros cuadrados convertida durante semanas en frontera, dormitorio, oficina de extranjería, tanatorio, centro de acogida, plató de televisión, campo de batalla política y laboratorio diplomático. ¿Hasta cuándo? Porque hay una diferencia gigantesca entre atender humanitariamente a quien acaba de jugarse la vida cruzando una frontera y aceptar que una ciudad española viva indefinidamente sometida a una excepcionalidad que el resto de España observa desde la Península como quien contempla un incendio por televisión.
Y mientras tanto Marruecos será, junto con España y Portugal, anfitrión del Mundial de fútbol de 2030. Estadios, aeropuertos, hoteles, infraestructuras, patrocinadores, FIFA, fotografías, discursos sobre hermandad entre pueblos. Un proyecto formidable que precisamente debería aumentar, y no disminuir, las exigencias de cooperación, transparencia y responsabilidad entre dos países condenados geográficamente a entenderse. Porque antes de preguntarnos dónde jugaremos una final quizá podamos preguntarnos dónde enterramos a quienes murieron entre los dos países. Y antes de hacernos fotografías celebrando el fútbol que nos une quizá debamos explicar por qué una frontera que compartimos fue incapaz de evitar más de 141 muertos.
Marruecos niega haber organizado la entrada masiva y sostiene que no se han presentado pruebas que demuestren una intervención de sus autoridades. Eso también debe quedar escrito. Pero documentos de inteligencia conocidos posteriormente muestran que el CNI había detectado llamamientos para una entrada masiva y había advertido tanto a autoridades españolas como marroquíes antes del 30 de julio. El Gobierno español sostiene que no pudo anticiparse la dimensión que alcanzaría aquello.
Por tanto, investiguemos. Sin morofobia y sin buenismo. Sin convertir a cada marroquí en Mohamed VI ni a cada muerto en un argumento electoral.
¿Quién sabía qué? ¿Cuándo lo supo? ¿Qué hizo España? ¿Qué hizo Marruecos? ¿Quién organizó los llamamientos? ¿Por qué falló la prevención? ¿Por qué murieron más de 141 personas? ¿Por qué siguen existiendo dificultades con cadáveres que deberían haber podido regresar dignamente con sus familias?
Eso es Estado. Y ahí sí entra también Felipe VI. No para resolver el expediente. No para ordenar expulsiones. No para negociar cadáveres. No para declarar una guerra que nadie sensato desea.Porque algunas veces la función de un jefe del Estado consiste precisamente en hacer visible al Estado. Que Felipe VI vaya a Ceuta. Que Letizia vaya con él. Que recorran sus calles. Que saluden a policías, militares, sanitarios, voluntarios y ciudadanos. Y también, por supuesto, que conozcan el drama humano de quienes llegaron.
Sin pedir permiso emocional a Rabat. Con todos los permisos constitucionales que correspondan en Madrid. Porque la Constitución limita al Rey precisamente para proteger nuestra democracia. Lo que no exige la Constitución es que España parezca avergonzarse de que su Rey visite España.
Y después que venga el Mundial. Que ruede el balón. Que se inauguren los estadios. Que las autoridades sonrían en el palco y hablen de la amistad entre España y Marruecos. Pero antes alguien tendrá que responder una pregunta infinitamente menos festiva: ¿dónde mandamos los muertos?
Porque de momento los muertos no juegan al fútbol.
Los muertos se quedan aquí.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…










