Ya lo dijo el expresidente Mariano Rajoy, o pudo haberlo dicho, porque con Mariano nunca se sabía dónde terminaba la frase y dónde empezaba la metafísica: cada uno es cada cual y cada quien es cada uno, y cada cual hace lo que considera oportuno siempre que lo oportuno no termine siendo inoportuno. Rajoy pasó de presidir el Consejo de Ministros al noble arte del comentarismo deportivo y a regresar a su plaza de registrador, dejándonos entretanto un diccionario propio en el que un vaso era un vaso, un plato era un plato y un español era muy español y mucho español. Y quizá haga falta recuperar aquella filosofía galaica para entender el fútbol español de estos días, porque resulta que ahora una camiseta no es solamente una camiseta: puede convertirse en declaración política, problema diplomático, gesto solidario, ejercicio de libertad individual y hasta examen instantáneo de patriotismo dependiendo de quién se la ponga, quién se la quite y quién decida mirar hacia otro lado.
La camiseta decía «Todos somos Caballas» y pretendía expresar solidaridad con Ceuta después de la extraordinaria crisis provocada por la invasión de decenas de miles de personas desde Marruecos a finales de julio. La iniciativa nació de la Asociación Valenciana de Empresarios -enhorabuena por tener ideas, a ellos no se les habría ocurrido, gracias Valencia- y fue asumida por varios clubes; el Barcelona decidió no participar cuando visitó al Levante, mientras que Villarreal y Betis sí la lucieron. Y entonces apareció la paradoja que explica mucho mejor España que cualquier discurso parlamentario: Ez Abde, internacional marroquí del Betis -con un par de cojones, di que sí-, se puso la camiseta y posteriormente explicó, después de recibir insultos y amenazas en las redes, que para él aquello no constituía una declaración política contra Marruecos sino un gesto social hacia quienes sufrían en Ceuta. Es decir, un marroquí se la puso mientras otros decidían que no querían ponérsela. La tela era idéntica; lo que cambiaba era la conciencia que había debajo.
Y llegamos al Real Madrid. El club aceptó participar en la iniciativa propuesta por el Elche, pero tres de sus futbolistas —Kylian Mbappé, Vinícius Júnior e Ibrahima Konaté— salieron al Martínez Valero con la camiseta enrollada de tal manera que el mensaje quedaba oculto; Mbappé y Vinícius se la quitaron antes que la mayoría de sus compañeros. El Real Madrid ha defendido posteriormente la libertad individual de sus jugadores para decidir cómo participar en este tipo de iniciativas. Ese es el hecho, y conviene escribirlo exactamente así antes de sacar el lanzallamas: el Madrid apoyó la campaña y los futbolistas tomaron una decisión distinta. No sabemos con certeza qué pensaba cada uno de ellos ni resulta serio adjudicarles colectivamente una motivación religiosa, nacional o política que ellos no han explicado. Precisamente ahí empieza el debate interesante: cuánto puede pedir un club a sus jugadores cuando decide adherirse a una causa y cuánto puede negarse un futbolista a representar durante treinta segundos un mensaje institucional que no comparte, no comprende o sencillamente no quiere llevar encima… Ahí comienza la LIBERTAD que ha de ser respetada.
Porque el fútbol moderno nos ha acostumbrado a que los futbolistas exhiban mensajes contra el racismo, contra la violencia, a favor de determinadas causas sociales o en recuerdo de víctimas y tragedias, pero el consenso desaparece en cuanto el mensaje toca una frontera, una bandera o una soberanía discutida. Entonces comienza el festival de las sensibilidades. Ceuta no es una ocurrencia ni una campaña publicitaria: es una ciudad española y europea situada en el norte de África, y sus ciudadanos llevan semanas soportando las consecuencias materiales de una INVASIÓN DE NUESTRO TERRITORIO.. Mostrar solidaridad con ellos puede interpretarse como un gesto hacia una población sometida a una enorme presión, mientras otros pueden considerar que el lema adquiere inevitablemente una dimensión política por la disputa histórica marroquí sobre la soberanía de la ciudad. Ambas dimensiones existen y precisamente por eso la camiseta ha dejado de ser algodón. Se ha convertido en frontera portátil. Una frontera que unos se colocan sobre el pecho, otros enrollan hasta hacerlo desaparecer y otros directamente deciden no vestir.
Así que volvemos a Mariano. Cada uno es cada cual, efectivamente. El Barcelona decidió como institución no participar; el Real Madrid decidió participar y respetar después la decisión individual de sus jugadores; un internacional marroquí como Abde decidió ponerse la camiseta y tuvo que explicar que aquello no significaba atacar a Marruecos; Mbappé, Vinícius y Konaté decidieron no mostrar claramente el mensaje. Y nosotros decidiremos qué pensamos de cada gesto sin inventarnos lo que ninguno de ellos ha dicho. Pero queda una fotografía incómoda: en el mismo césped, bajo las mismas cámaras y ante millones de espectadores, una simple camiseta blanca consiguió resumir una discusión que España lleva demasiado tiempo evitando. ¿Qué significa hoy solidarizarse con Ceuta? ¿Es apoyar a sus habitantes, defender una frontera, reivindicar soberanía, hacer política o simplemente decirle a una ciudad española que no está sola?
Quizá Rajoy tuviera razón sin saberlo: cada uno es cada cual. El problema empieza cuando llega el momento de decidir qué somos todos… Una panda de borregos que esperan al primer degollado para entender la realidad…
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…










