En la Tierra a jueves, octubre 22, 2026

GABILONDO, NOSOTROS NUNCA PUDIMOS COLGAR NUESTRA INFANCIA

Hay prendas que uno se quita y prendas que forman parte de la biografía para siempre. Ángel Gabilondo vistió sotana, eso marca para siempre, por los siglos de los siglos y más cuando ha sido malo, muy malo… ¡cállate Aparicio! Y un hostión en la cabeza, con toda esa mano de… De mi diario de 12 años…

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Fue hermano de los Corazonistas, estudió en la congregación y en los años setenta enseñó en sus colegios de Madrid y Vitoria. Precisamente en centros de aquella orden y de aquella época han aparecido posteriormente denuncias de abusos sexuales a menores. Gabilondo sostiene que jamás tuvo conocimiento de ninguno y que, de haber sabido algo, lo habría denunciado. Ésa es su versión.

La mía empieza mucho más abajo, a la altura de un niño. Yo era uno de ellos. Y algunos de aquellos niños tenemos hoy sesenta años o más de sesenta, canas, hijos, nietos quizá, enfermedades, vidas enteras construidas alrededor de habitaciones que todavía no hemos conseguido cerrar, amputados de cuerpos y de recuerdos, sin poder dormir. ¿No lo sabía? Porque querido hermano Gabilondo, nosotros no estudiamos los abusos en un informe. Los llevamos dentro y de por vida. Por eso me resulta insoportable contemplar cómo, medio siglo después, aquel hombre de sotana aparece convertido en el gran árbitro institucional de la reparación de los abusos sexuales de la Iglesia.

No digo que Gabilondo abusara de nadie. No lo digo. Pero, entre los supervivientes de aquellos Corazonistas, siempre he sostenido otra cosa: yo recuerdo sus golpes; mi cabeza, desde luego, los recuerda. Digo algo distinto y profundamente mío: yo viví en aquel mundo y recuerdo adultos que podían mirar, preguntar, escuchar y proteger; y recuerdo demasiado silencio. Gabilondo responde que no sabía. Y entonces mi pregunta no es penal. Es moral: ¿cómo era posible no saber nada? En aquellos colegios aparecieron posteriormente testimonios referidos precisamente a los años en los que él pasó por ellos como religioso y profesor. Algunas víctimas llegaron incluso a cuestionar públicamente que quien había pertenecido a aquel entorno dirigiera después la investigación institucional sobre la pederastia eclesial. De coña. A mí me vinieron a ver familiares de un puto abusador que además era sacerdote, se había tirado por el suelo a comer pelusas delante de todos y, después, nos confesaba y sólo preguntaba si nos hacíamos pajillas. A sus sobrinas de Zaragoza las tenía machacadas y el hijo de satanás te llevaba al cuarto de la radio y se frotaba… ¡Ah! Que Gabilondo no estaba.

Después Gabilondo dejó la sotana. Se casó. Tuvo dos hijos. Eso también pertenece a su biografía pública. Y no puedo evitar pensarlo. Porque quizá convertirse en padre permite comprender de otra manera qué significa que alguien destruya la confianza de un niño. No utilizo a sus hijos contra él. Todo lo contrario. Los menciono porque hacen todavía más insoportable la pregunta: ¿qué habría exigido él si aquel niño hubiera sido uno de los suyos?

Décadas después, el círculo se cierra de una forma casi imposible de escribir. Gabilondo se convierte en Defensor del Pueblo. El Congreso le encarga investigar los abusos sexuales de la Iglesia. Escucha a las víctimas. Presenta sesudos informes. Habla de reparación. ¿Reparación? Y en marzo de 2026 firma con el Gobierno, la Conferencia Episcopal y CONFER el protocolo destinado a reconocer y reparar a quienes sufrieron abusos que, en muchísimos casos, ya ni siquiera pueden llevar ante un tribunal porque han prescrito, se han escapado por la puerta de la vergüenza o se han callado como muertos. ¡Bienvenido sea todo lo que repare! Pero permitidnos a algunos una respiración, porque resulta difícil no mirar aquella fotografía institucional y ver detrás otra fotografía que nunca se hizo: la de los niños, los niños solos, los niños asustados, los niños preguntándose por qué ningún adulto veía lo que a ellos les estaba ocurriendo.

Y entonces aparece también Fernando Giménez Barriocanal. Durante años fue una de las grandes figuras económicas de la Conferencia Episcopal. El hombre que en 2018 calificó como “irrelevante” el porcentaje de pederastia en la Iglesia respecto del conjunto de la sociedad y aseguró que la Conferencia Episcopal había destinado entonces “cero euros” a indemnizaciones, aunque reconocía desconocer cuánto habían pagado las diócesis. Más tarde participó incluso en trabajos sobre los criterios económicos de reparación a las víctimas. ¡Un gran español!, como su amigo Angelito. Ahí está España resumida en una mesa. Los que durante décadas pertenecieron a las instituciones que no supieron, no quisieron o no pudieron afrontar el horror terminan años después diseñando cómo se escucha, cómo se reconoce y hasta cómo se indemniza. Puede que eso sea necesario. Puede incluso que sea inevitable. Pero nadie puede exigirnos que no sintamos vértigo. Ni que olvidemos. Ni que aceptemos que todo empezó el día en que una institución creó una comisión. No. Para nosotros empezó cuando éramos muy pequeños e indefensos, desde los cuatro años… ¡Qué puta locura Gabilondo!. Y algunos llevamos toda una vida esperando una frase que ningún protocolo sustituye: “Te vimos. Te creemos. Debimos protegerte.” PERDÓN y reconocer en público que aquello es real, que ocurrió, que formaste parte de ese grupo de salvajes, que contaminaban hasta a los seglares que allí trabajaban… ¿verdad Jesús Carballo?

Gabilondo dijo en 2022 algo que considero extraordinariamente cierto: “La confianza no sólo hay que pedirla, hay que merecerla”. Exactamente. Por eso hoy no le pido al Defensor del Pueblo otro informe, ni otra mesa, ni otra fotografía. Le pido memoria. Que recuerde aquella sotana. Aquellos pasillos, con los azulejos rotos por las cabezas de los niños, cuando no un puñetazo en medio de una pizarra. ¿Sólo lo vi yo? ¡Perdón! Aquellos compañeros. Aquellos niños.

Y que, el bueno de Angelito, se pregunte, aunque sólo sea una noche, cómo es posible que tantos adultos no vieran nada mientras tantos niños sufrimos demasiado. Porque la ética no consiste en redactar cincuenta años después el documento perfecto.

La ética consiste también en haber mirado cuando mirar podía salvar a un niño.

Y algunos de nosotros -los niños que ahora tenemos sesenta años y más- todavía seguimos esperando esa explicación. No para vengarnos. Para poder descansar.

Porque éll condecorado y celebrado, el gran hermano Gabilondo pudo colgar la sotana.

Nosotros nunca pudimos colgar nuestra infancia.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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