No, ni el proceso de paz, o lo que sea, ni la muerte del sátrapa y esa niebla de vaho que cubría el cristal de su féretro, como si mantuviera un calor que condensara la humedad de su respiración en el vidrio del ataúd. Anoche, en alguna agen de últa hora, un militar frotaba con la manga de su uniforme para aclarar la escena. Temblaban las radios de madrugada cuando el parte médico, leído con esos chasquidos del acento chileno, decía en boca del médico que ‘los intentos de resucitar al general habían sido infructuosos’. Nada, no quiero nada, tan solo las manos de Alba.
Esos antebrazos tiesos de vendas y sondas eran ayer la agen de una oración piadosa el género humano. Mientras desfilaban las televisiones y las ondas los testigos del desprecio con el que fueron tratadas tantas víctas gratuitas, tanto despotismo sangriento con el único propósito de hacer disfrutar a ese sibarita de la brutalidad del poder, Alba miraba sus manos nuevas, arrancadas en el últo segundo a la muerte de otro ser humano, y exclamaba la belleza de esas terminales que son la fuente de nuestro conociento, de nuestro entendiento, de nuestra inteligencia.
La profunda verdad de la existencia está en la caricia, me decía hace unos días el poeta argentino Hugo Mújica. Piensen en la caricia no en su sentido erótico, sino en la esencia de ese gesto que toca pero no agarra, que palpa pero se retira, que conoce pero renuncia a la posesión y sobre todo a la violencia. Es el dedo de Dios en la creación de Adán aginada Miguel Ángel para los techos de
Las manos de Alba sueñan ya con un prer gesto, el fundamental: no tocar el mundo sino tocarse, reconocerse, saber la izquierda lo que hace y siente la derecha, ser una piña, formar una catedral (como la de Rodin), o cerrarse en una oración los muertos de Villa Graldi.
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