…“Ésa es la escuela que hemos aprendido en las casas del pueblo, hemos aprendido entre los compañeros, hemos aprendido entre los militantes, entre las compañeras, que ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”…
Con esa lírica franciscana se expresaba José Luis Rodríguez Zapatero cuando todavía parecía el monitor sonriente de un campamento de verano progresista y no el protagonista involuntario de un episodio perdido de Torrente y el Código Penal. Porque una cosa es predicar la austeridad y otra muy distinta acabar con 103 piezas de joyería escondidas en una caja fuerte mientras la UDEF entra y sale del despacho como si estuviera haciendo el inventario de Durán Joyeros.
Decía José Antonio Marina que la estética transfigura el mundo y la ética lo transforma. En el caso del zapaterismo, la estética lo transfiguró tanto que terminó pareciendo un mercadillo persa. El problema ya no es jurídico, que también, sino estético. España lleva años gobernada por gente que habla como si redactara haikus budistas mientras alrededor aparecen bolsas de deporte llenas de billetes, testaferros de sainete y declaraciones que harían sonrojar a un guionista de Telecinco.
La secretaria Gertrudis, esa mujer que parece salida de El Resplandor, asegura que las joyas —de un gusto propio de esas monarquías del Golfo destinadas a desaparecer— pertenecen a una herencia de Sonsoles Espinosa. Y aquí es donde la realidad decide tomarse unas copas. Sonsoles, hija de un teniente coronel y un ama de casa, profesora de música en León y cantante lírica en el coro de RTVE, habría heredado un tesoro digno de una archiduquesa austrohúngara. Uno imagina a la familia Espinosa escondiendo rubíes bajo el piano y diamantes en el estuche de la flauta dulce mientras cantaban zarzuela.
Todo esto nos devuelve inevitablemente al legendario episodio de la piscina de la Guardia Civil desalojada para que Sonsoles aprendiera a bucear. España siempre fue un país muy literario: Quevedo tenía pícaros, Valle-Inclán esperpentos y nosotros tenemos cursos intensivos de submarinismo financiados por el contribuyente.
Por si el cuadro no estuviera suficientemente recargado, reapareció el gato Isidoro reclamando un adelanto electoral. A estas alturas solo falta que el gato vuelva fumando Ducados sobre un caballo blanco mientras Alfonso Guerra reparte navajas en la puerta de Ferraz y, entre todos, Bono incluido, refunden la Falange Comunista del Ninio Jésu.
A ver si hay suerte y, con la complicidad de PRISA, se acaban sacando los ojos. Aunque viendo el nivel, probablemente luego terminaremos pagando todos la operación. ¡No lo dudes!
José Antonio RULFO










