Desde que Francisco Franco instauró el nacionalcatolicismo como seña de identidad de su régimen, España no había mantenido una sintonía como la actual con la Santa Sede, al punto de que ese alérgico a los actos litúrgicos como Pedro Sánchez haya decidido que acudirá a la misa de ceremonia de bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia.
Un acto que ha vuelto a provocar que Cataluña vuelva a vivir una de esas crisis históricas nacidas desde su rancio pueblerismo. Algo que, visto con cierta distancia, obliga a preguntarse si realmente queda algo de inteligencia en aquellas tierras. Esta vez, el motivo de la indignación nacional no es una sentencia judicial, ni la financiación autonómica, ni el precio de la vivienda. No. El detonante ha sido que el papa León XIV oficiará en castellano la misa, lo que es considerado como una irreverencia, incluso diríase una blasfemia contra la doctrina nacionalista o, lo que es lo mismo, contra los principios aceptados de la cultura catalanista.
Según el misal publicado por la Oficina de Celebraciones Litúrgicas Pontificias, la misa conmemorativa por el centenario de la muerte de Antoni Gaudí sí incluirá el catalán. Sin embargo, en el acto concreto de la bendición de la torre no se utilizará esta lengua. Y ahí se han desatado la desesperación, el rechazo y las reivindicaciones aldeanas. Todo un apocalipsis lingüístico.
Desde el secesionismo se ha interpretado la decisión poco menos que como una nueva edición del Compromiso de Caspe. Carles Puigdemont ha denunciado la situación calificándola de “vergüenza” e “insulto a todo un país”, llegando incluso a advertir del supuesto retorno de un nacionalcatolicismo impulsado por los “escarabajos purpúreos”.
Junts ha activado todos los protocolos de emergencia diplomática. La diputada Mònica Sales ha remitido una carta al presidente Salvador Illa exigiendo, con una urgencia propia de quien entiende que ha llegado el fin del mundo, contactos inmediatos con la Conferencia Episcopal Española, el cardenal Joan Josep Omella y, si hace falta, con el mismísimo Espíritu Santo. “No pedimos ninguna concesión ni ningún favor”, afirma la misiva, justo antes de reclamar que se cambie una decisión tomada por el Vaticano.
Mientras tanto, la sionista Sílvia Orriols ha optado por una medida drástica y de enorme impacto geopolítico: no asistir a la misa. Una ausencia que, dado su posicionamiento en el genocidio de Gaza, aportará lo suyo al equilibrio espiritual que se espera vivir en la basílica. Por nuestra parte pensamos que Jesucristo se lo agradecerá.
Lo verdaderamente fascinante es comprobar cómo una ceremonia religiosa destinada a celebrar la culminación de una obra arquitectónica universal ha acabado convertida en un debate patán sobre el idioma correcto que debe emplearse para bendecir unos cuantos metros de piedra y hormigón.
Quizá Gaudí, profundamente católico y poco dado a las polémicas partidistas, contemplaría la escena con una expresión de decepción y asombro. O quizá se inclinaría por la opción que nos parece más correcta: que se bendiga la torre en latín para que todos sigan sin entender nada y puedan indignarse por igual. Porque, quienes entienden el acto como una traición imperdonable y para quienes supone un impacto emocional, requerirá de un proceso de reparación y transformación interior para eliminar su resentimiento y odio al Vaticano. Un proceso tan largo en el tiempo como el que se ha llevado la construcción de la torre.
Seguiremos Informando…










