Me confieso ante vosotros como quien se sienta en el último banco de una iglesia abandonada y habla con las telarañas.
He aprendido a amar desde el dolor. No desde los libros. No desde las canciones. No desde las películas donde los amantes se besan mientras llueve.
Desde el dolor. Porque el dolor es una universidad sin becas. Te matriculan sin preguntarte y te gradúas cuando ya no te sirve el título. Llorar delante de la gente es como cantar ópera ante una piedra. La piedra no aplaude. La piedra no abraza. La piedra sólo pesa, si es de verdad, no de cartón.
Por eso los hombres aprendimos a llorar hacia dentro, igual que los pozos se tragan la lluvia.
Un día salí del agua. No fue una metáfora. O quizá sí. A estas alturas ya no sé distinguir los recuerdos de las heridas. Recuerdo una mano, una mano negra, tan negra que parecía azul. Las personas muy negras tienen algo de noche recién lavada. Aquella mano apareció cuando yo estaba perdiendo la costumbre de respirar. Me sacó de la orilla donde me había extraviado, con un palmo de agua y un mundo de arenas que me tragaban. Desde entonces, Yogurtu Engé vende ropa interior por las playas y va en bicicleta. Una bicicleta imposible. Una de aquellas que Gallardón regaló cuando inauguraron la nueva M-30 y que me hizo llegar con cariño Marisa González Casado..
Porque las ciudades también tienen sentido del humor. Construyen túneles para que la gente llegue antes a ninguna parte. Cuando nos encontramos nos saludamos como dos náufragos que sobrevivieron al mismo incendio. No hablamos mucho. Los salvadores nunca presumen de haber salvado a nadie. Los ahogados tampoco.
Luego apareció Cartagena. La Cartagena de Gabo. La Cartagena donde los balcones sudan nostalgia y los atardeceres parecen pintados por Botero después de tres botellas de ron de la pipa. Allí comprendí que la realidad es un animal peligroso. Cuando se desborda no distingue entre pobres y ricos. Entre culpables e inocentes. Entre quien huye y quien se queda.
Vi carreras. Vi despedidas. Vi maletas. Las maletas son ataúdes con ruedas donde enterramos las cosas que no sabemos olvidar, ni para qué sirven. Si cuando llegamos huele a miseria, a rencor y a olvido de muerte. La putada es que hay seres humanos capaces de meter una vida entera dentro de una maleta, con forma de saco de tela que se arrastra por el suelo de los aeropuertos.
Y otras incapaces de guardar un recuerdo en una casa de tres plantas. Después llegaron ellas. Las niñas. Las mujeres. Las madres. Siempre llegan. Aunque nadie las invite. Aunque nadie las espera. Aunque el mundo haya colocado carteles de prohibido el paso.

He visto hombres abandonar familias con la misma facilidad con la que abandonan una colilla. Se enamoran de una piel más joven. De una sonrisa más nueva. De una mentira recién estrenada. Y salen corriendo. Como si la velocidad pudiera borrar las huellas. Entonces comienza la verdadera historia. Porque la historia nunca la escriben los que se marchan. La escriben los que se quedan.
Las mujeres que aprenden a cocinar milagros con una nevera vacía. Las que convierten una bofetada en silencio para que no despierte a los niños. Las que sonríen mientras la vida les está arrancando los sueños uno a uno. Las que entierran sus alas para que sus hijas puedan abrir las suyas.
Mujeres. Ese ejército sin medallas. Esas guerreras sin desfile. Esas madres. Las he visto agarrar la vida por el pescuezo. Y la vida, que es una bestia cobarde, siempre acaba bajando la cabeza. Mientras escribo esto suena Alan Parsons. Las canciones no salen de los altavoces. Salen de las cicatrices. Porque las cicatrices son gramófonos que sólo escuchan quienes han sobrevivido. Por eso cierro los ojos. Y doy gracias.
A todas.
A las que resistieron. A las que callaron. A las que pelearon. A las que siguen levantándose cada mañana aunque nadie les pregunte cómo están.
Mi amor por ellas. Mi respeto por ellas. Mis bendiciones para ellas.
Porque si Dios existe, seguramente aprendió a ser Dios observando a una madre. ❤️
Desde mi viejo corazón, con las pulsaciones justas para enamorar al mundo, lucho para que aquellas que cruzaron el mar a lomos de un delfín, encuentren la paz que anhelan.










