Comienza el Mundial de Fútbol y es una buena ocasión para hablar de este deporte. Y en general de los deportes: si no existiera el deporte profesional, las guerras estuvieran en casi todos lados. Los enfrentamientos deportivos se ha convertido en la sublimación de las batallas. Ya lo dijo George Orwell: el deporte es la guerra pero sin los disparos.
Pero en este estado del capitalismo, que ha definido Ernest Mandel como tardío, hasta el deporte es un negocio y, con Trump, hay que agregar, una arma geopolítica: antes de comenzar el campeonato, los jugadores iraníes solo tienen permiso para entrar a Estados Unidos el día del juego; un árbitro (somalí) no ha podido entrar (las autoridades del país africano han sostenido que contaba con un visado estadounidense válido pero, a la vez, Somalia figura entre los países sujetos a restricciones migratorias impuestas por la administración Trump por motivos de seguridad nacional).
Por otro lado, varias selecciones -adivinen cuáles- son revisadas con mayor ahínco e incluso un futbolistas iraquí fue detenido varias horas. Y algunos fanáticos escoceses no podrán entrar a la tierra del sueño americano porque les negaron la ESTA (Electronic System for Travel Authorization), a pesar de haber comprado entradas y haber hechos reservaciones de hotel.
The New York Times lo ha reflejado. David Wallace-Wells lo escribió de manera clara: “Miles de entradas siguen sin venderse y, hace solo unas semanas, otras se revendían muy por debajo de su precio oficial”, exponía en su artículo.
¿Qué tiene que ver todo esto con el título de esta nota? Pues el fútbol y en general todos los deportes profesionales, se han convertido en un negocio (¿cuántos jugadores importantes se quedan en su club de origen ante una oferta sustanciosa de otro equipo -incluyendo el rival histórico-?). Ya las rivalidades no son lo que eran.
Todo es una “guerra” pero de dinero: los equipos con más flujo de caja siempre ganarán y a punta de billetera tendrán siempre a los mejores jugadores, qué duda cabe. Eso también implica una cosa curiosa: esos “partidos importantes”, los de las rivalidades eternas, cada vez son más habituales
Esas “enemistades” cada vez tienen menos morbo: ¿cuántas veces se enfrentan, por ejemplo, el Real Madrid y Barcelona en una temporada? Mínimo dos veces (en temporada) y sería lo normal. Lo de toda la vida.
Pero últimamente, se encuentran también en la Supercopa de España y en algún otro torneo. Ya esos encuentros se parecen más un amanecer de un día cualquiera.
No exagero: en los últimos cuatro años (desde junio de 2022 hasta hoy, junio de 2026), el Madrid y el Barsa masculino se han enfrentado en 18 ocasiones. 15 de estos encuentros en torneos oficiales (LaLiga, Copa del Rey y Supercopa de España). Los otros 3 son amistosos de pretemporada.
Aunque, también hay que decirlo, si hay tantos encuentros es porque dinero aún mueven. Veremos hasta cuándo.
Ahora, hablemos de dinero: tanto el mundial como La Liga se han privatizado y querer ver los juegos (solo los de la selección se podrán ver en abierto) se podrán ver pagando. (Siempre hay caminos verdes pero aquí no estamos hablando de eso). Esa emoción básica de ver a tu equipo o a tu selección (fuera del estadio) ya parecen que están prohibidas.
Pongo un ejemplo de la Liga: prohibió que los fanáticos del Deportivo de la Coruña que no fueron a Valladolid, pudieran ver en pantallas gigantes en Riazor o en María Pita y junto con otros miles de fanáticos la victoria que selló su ascenso a primera división.
Parece que si no hay dinero de por medio, no hay diversión, no hay fanaticada, no hay sentido de pertenencia.
O por lo menos como era antes.
Posiblemente el problema sea mío, que ya no me identifico con la manera de pertenecer en estos tiempos: a través de comprar una suscripción y todos los años la camiseta oficial de tu equipo y, lo que puede ser peor: en grupos cada vez más pequeños (que siempre dependerá del tamaño de la pantalla).
Pero están los bares. Claro y su campaña contra la “piratería”. Eso es otro tema de conversación.
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