En la Tierra a martes, julio 14, 2026

REALISMO SOLEMNE PARA UN MUNDO QUE HA PERDIDO EL SENTIDO

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Dicen que vivimos en la realidad. Yo tengo mis dudas. Quizá habitamos una interpretación colectiva administrada por departamentos de comunicación, gabinetes de prensa y algoritmos que deciden qué debemos sentir antes incluso de que nos ocurra. Unos lo llaman actualidad. Yo prefiero llamarlo surrealismo con presupuesto oficial. Valle-Inclán se quedó corto. Ramón Gómez de la Serna también. Ellos deformaban los espejos. Nosotros hemos terminado deformando la realidad hasta conseguir que los espejos pidan la baja por ansiedad.

Vivimos convencidos de que el planeta es esférico, aunque la propia NASA reconoce que las imágenes que vemos son composiciones elaboradas a partir de múltiples datos. La cuestión no es si la Tierra es redonda, plana o tiene forma de zarajo conquense peleándose con un morteruelo manchego. La cuestión es otra mucho más inquietante: ¿cuántas cosas aceptamos cada día simplemente porque alguien decidió llamarlas verdad?

Un lunes termina una guerra en Irán. El martes comienza otra en Ormuz. El miércoles el petróleo descubre que también tiene sentimientos. El jueves los mercados recuperan la calma. El viernes ya nadie recuerda por qué empezó todo. La historia se ha convertido en una serie de televisión escrita por guionistas con déficit de imaginación y exceso de urgencias.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, el presidente de las Américas decide que una tarjeta roja en realidad es rosa. Los árbitros consultan. Los comentaristas interpretan. Las redes sociales redactan la sentencia, antes de que el balón vuelva a rodar. El VAR ya no revisa penaltis. Revisa emociones. Lo siguiente será comprobar el ADN del fuera de juego o exigir certificado de nacimiento al balón por si resulta que nació demasiado cerca del área.

Aquí seguimos caminando sobre trochas quemadas por la incompetencia, la inoperancia, el olvido administrativo y la costumbre de inaugurar titulares en lugar de soluciones. Hay políticos que confunden una fotografía con una obra pública y una rueda de prensa con una política de Estado. Construyen relatos con la misma facilidad con la que otros levantan edificios.

La diferencia es que los relatos no necesitan licencia de obras.

El ministro de los trenes y los tranvías inaugura pasarelas en Paiporta mientras miles de ciudadanos continúan preguntándose: ¿cuántos millones siguen faltando para ascensores, centros de salud mental, piscinas municipales, infraestructuras básicas y, sobre todo, para reconstruir una confianza que nadie parece presupuestar? Es mucho más sencillo cortar una cinta que recorrer una calle sin cámaras preguntando: “¿Qué os falta todavía?”. La respuesta sería bastante menos fotogénica.

Vivimos en una época donde la precisión ha sido sustituida por el relato, la responsabilidad por el argumentario y la verdad por la versión más rentable del momento. Nos escandalizamos por el símbolo y convivimos con la tragedia. Discutimos durante días sobre una frase, una bandera o una fotografía mientras el problema real espera pacientemente detrás de la puerta, convencido de que nadie piensa abrirle.

Quizá el verdadero realismo ya no consista en describir el mundo tal como es. Quizá el único realismo posible sea aceptar que habitamos una gigantesca obra de teatro, donde los decorados cambian cada semana, los actores intercambian los papeles y el público termina aplaudiendo sin recordar exactamente qué función ha venido a ver.

Y, sin embargo, todavía quedan personas empeñadas en hacer la pregunta más incómoda de todas.

¿Y si la realidad estuviera escondida precisamente detrás de aquello que nos dicen que no merece la pena mirar?

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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