En la Tierra a lunes, marzo 23, 2026

EL PLAN DE PENSIONES DE ABASCAL

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…Hay entrevistas que retratan un momento político, y luego están las que funcionan como acta notarial de una decadencia. La de García-Gallardo en El Mundo pertenece, sin demasiadas dudas, a la segunda categoría. No tanto por lo que dice sino por lo que deja entrever, dibujando un partido que, a falta de proyecto, empieza a mirarse al ombligo y a encontrarse con facturas…

La frase que ha hecho fortuna —esa de que “a este paso en Vox sólo va a quedar el plan de pensiones de Abascal”— no es sólo un dardo, es una autopsia en tiempo real. Porque el problema que describe no es coyuntural ni táctico; es estructural. Cuando una organización política empieza a girar sobre sí misma, a blindar liderazgos y a sustituir debate por disciplina, lo que queda no es músculo, sino inercia. Y la inercia, en política, siempre acaba cuesta abajo.

Uno de los ejes de la crítica apunta al alineamiento internacional, particularmente al entusiasmo casi devocional hacia Donald Trump. Aquí Vox ha cometido un error de manual: importar marcos políticos ajenos sin traducirlos al contexto propio. El trumpismo puede funcionar con matices en Estados Unidos, pero en España suena más a cosplay ideológico que a estrategia coherente. No es sólo una cuestión estética; es un problema de credibilidad. Defender sin fisuras a Trump mientras se intenta construir una alternativa nacional en España genera una disonancia difícil de sostener. García-Gallardo lo sugiere con claridad: ese apoyo no suma, resta. Y lo hace porque desconecta al partido de una parte de su electorado potencial, que no necesariamente quiere una sucursal de Florida en la península ibérica.

Algo similar ocurre con el silencio en torno a Netanyahu. En un contexto internacional donde incluso aliados tradicionales matizan posiciones, la ausencia de crítica no parece prudencia diplomática, sino alineamiento acrítico. Y eso, en política exterior, tiene un coste: transmite la sensación de que no hay una doctrina propia, sino reflejos automáticos. Vox, que ha hecho bandera de la soberanía, aparece aquí curiosamente dependiente.

Pero donde la entrevista adquiere un tono casi de amonestación es en la cuestión migratoria. Durante años, Vox ha construido buena parte de su discurso sobre la necesidad de un control más estricto de la inmigración. Sin embargo, como señala García-Gallardo, el partido no ha articulado un plan concreto de “reemigración”. Es decir: mucho diagnóstico, poca ingeniería. Y en política, el vacío programático es letal. Porque permite a los adversarios caricaturizarte y, peor aún, deja a tus propios votantes sin una hoja de ruta clara. El resultado es una contradicción interna: un discurso duro que no se traduce en propuestas operativas.

A todo esto se suma la cuestión orgánica, que ya roza lo shakesperiano. La salida o marginación de figuras como Antelo u Ortega Smith no es sólo un ajuste de cuentas interno; es la señal de que el partido ha optado por la homogeneización. Y la homogeneización, en política, suele ser sinónimo de empobrecimiento. Cuando desaparecen los matices, lo que queda es un bloque monolítico y frágil. Porque cualquier grieta, por pequeña que sea, se vuelve estructural.

En ese contexto emerge el papel de la Fundación Disenso, que debería ser, al menos en teoría, el laboratorio de ideas del partido. Sin embargo, la percepción que se desprende es la de una estructura más orientada a reforzar el aparato que a generar pensamiento. Es decir, más correa de transmisión que usina intelectual. Y eso, de nuevo, empobrece el ecosistema del partido, que acaba funcionando en circuito cerrado.

Y llegamos al punto más espinoso: la dimensión económica y las redes de influencia. Las menciones a las familias Ariza y Méndez-Monasterio, y a la supuesta “galaxia” de sociedades vinculadas al entorno del partido, introducen un elemento especialmente delicado. Según estas críticas, existiría una estructura paralela que canaliza recursos a través de servicios prestados al partido, configurando algo así como un “parapartido”. En ese marco se inscribe también la polémica sobre el sueldo de la esposa de Abascal —unos 60.000 euros anuales por funciones poco transparentes— que se ha convertido en símbolo de una contradicción incómoda: un partido que denuncia las élites mientras es acusado de reproducir sus dinámicas.

Conviene ser prudente aquí. Estamos ante acusaciones y percepciones que, en muchos casos, forman parte del debate político y mediático, no de sentencias judiciales. Pero precisamente por eso el problema es doble. Porque, en política, la percepción es casi tan importante como la realidad. Y cuando se instala la idea de que hay opacidad o de que ciertos círculos concentran poder y recursos, el desgaste es inevitable.

La entrevista de García-Gallardo, en este sentido, funciona como una especie de espejo incómodo. No porque revele secretos desconocidos, sino porque articula, con cierta crudeza, lo que muchos intuían: que Vox atraviesa una fase en la que el proyecto colectivo corre el riesgo de diluirse en dinámicas internas, alineamientos externos poco calibrados y tensiones económicas mal explicadas.

Quizá la clave esté en esa frase inicial, la del plan de pensiones. Porque más allá de la ironía, encierra una advertencia seria: cuando un partido deja de ser percibido como un instrumento al servicio de una idea y pasa a ser visto como un fin en sí mismo, empieza su declive. Y entonces ya no hacen falta adversarios, basta con el paso del tiempo.

En política, como en la vida, uno puede sobrevivir a casi todo menos a perder el sentido de para qué existe. Y ahí, precisamente ahí, es donde esta entrevista coloca el foco. Sin anestesia y con bastante puntería.

Vox parece haber tocado techo y la imagen de Abascal está por los suelos.

José Antonio RULFO.

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