En la Tierra a miércoles, marzo 25, 2026

MOCATRIZ ELEVADO AL CUBO

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Pedro Ruiz, como artista, resulta tan inclasificable que podría decirse que encierra una categoría en sí mismo. No porque haya inventado nada, sino porque ha logrado algo mucho más difícil, no encajar en ninguna casilla sin dejar de estar, misteriosamente, en todas.

Actor, director, escritor, comunicador, cantante, conferenciante, bufón y lo que haga falta, lo suyo no es la versatilidad, es la dispersión elevada a forma de arte. Una especie de “mocatriz” elevada al cubo y con pretensiones filosóficas de perogrullo.

Comenzó en la radio, ese lugar donde las voces aún tenían misterio y no hacía falta demostrar demasiado más que una cierta presencia. De ahí dio el salto a la televisión, entrando nada menos que por Estudio Estadio, templo del fútbol patrio. Hoy resulta difícil imaginar a Pedro Ruiz comentando jugadas polémicas o el escándalo Negreira, pero quizá ahí ya estaba la clave, no importaba el contenido, sino el personaje. Después vendrían otros programas como Como Pedro por su Casa —título que encerraba una declaración de intenciones— y terminaría con La Noche Abierta, donde ejercía de anfitrión reflexivo, a medio camino entre entrevistador, filósofo de vermut y mejillones y provocador con corbata.

Pero si algo define su trayectoria es la acumulación. Diecisiete espectáculos teatrales escritos, dirigidos, producidos y protagonizados por él mismo. Casi una veintena de libros. Tres películas también bajo su control creativo. Canciones compuestas. Conferencias impartidas. Pedro Ruiz no ha dejado ningún frente sin cubrir, como si la especialización le pareciera una forma de rendición intelectual. En un mundo obsesionado con la etiqueta, él ha optado por ser todas a la vez, aunque eso implique una superficialidad que raya lo escandaloso.

Y aquí es donde empiezan su verdadero mérito y su encanto. Porque Ruiz no es tanto un creador como un opinador profesional con vocación escénica. Su pensamiento —si se le puede llamar así sin ruborizarse— tiene ese aroma inconfundible de tasca. Frases contundentes, giros ingeniosos, una cierta apariencia de profundidad que disuelve el sifón de lo correcto. Y, sin embargo, funciona. Funciona porque no pretende convencer, sino entretener a un público tan frívolo como su discurso.

Su biografía académica ya anticipaba esta filosofía. Inició las carreras de Derecho y Periodismo, y abandonó ambas antes de cumplir dos años en cada una. Y, lejos de ser un fracaso, esto sí que puede leerse como una muestra temprana de lucidez. ¿Para qué quedarse cuando uno ya ha entendido el mecanismo? Ruiz parece haber aplicado siempre esa lógica: asomarse, captar la esencia y marcharse antes de que la cosa se ponga seria. Un método discutible, pero indudablemente eficaz para construir una imagen.

Las contradicciones forman parte esencial de su personaje. Se casó tras publicitar la firma de una declaración notarial afirmando no creer en el matrimonio, un gesto que podría interpretarse como incoherencia o como una performance conceptual de largo recorrido. Ha mostrado simpatía por productos como Torrente Presidente, lo que, además de acercarle a su público, lo sitúa en un territorio cultural que oscila entre lo irónico y lo directamente desconcertante. Y no ha dudado en elogiar a Marc Giró tras su paso por El Hormiguero, demostrando una vez más que su criterio no sigue líneas rectas, sino las curvas contraperaltadas de la conveniencia.

Quizá otra contradicción reveladora sea su posicionamiento frente al cambio climático. En un momento histórico donde la disidencia suele alinearse con causas progresistas o al menos inquietas, Ruiz adopta una postura que lo coloca en el lado contrario de esa supuesta rebeldía. Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿es realmente un contestatario o simplemente alguien que disfruta llevando la contraria? La diferencia no es menor.

A sus 78 años, tampoco parece especialmente interesado en resolverla. Y tal vez ahí resida otra de sus virtudes: la despreocupación por la coherencia. Mientras otros construyen discursos sólidos, él prefiere el destello momentáneo, la frase ingeniosa, el petardazo, el aplauso puntual. No hay sistema, es estilo. No hay tesis, es actitud.

Porque en el fondo encarna una figura muy española, la del opinador fácil que no necesita tener razón para resultar convincente. Un hombre que ha hecho de la indefinición su hábitat y de la contradicción su marca personal. Alguien que, en lugar de elegir un camino, ha decidido recorrerlos todos a medias, dejando tras de sí una estela irregular pero inconfundible.

Y quizá por eso sigue ahí, porque en un mundo que exige definiciones claras, él ofrece algo mucho más escurridizo. Una personalidad. Y eso, aunque no siempre tenga sentido, tiene un valor comercial incuestionable.

José Antonio RULFO

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