La nada, ese invento de los librepensadores con bigote de caracol, es lo que no existe: sin olor, sin sabor, sin color, sin calor… pura, redonda y brillante como un huevo de elefante volador.
Un día la nada se aburrió de ser nada, se vistió con un tul de medusa derretida y salió a pasear por la Rambla de los relojes blandos buscando quien la llenara de esencia. Quería que la convirtieran en “algo”, aunque sólo fuera por una tarde.
El nadismo (que no tiene nada que ver con el nadadismo y menos aún con el dadaísmo, que ya estaba muerto de risa) se dio un tortazo en su propia cara para seguir siendo nada. ¡Demasiado fácil, coño!
En lo profundo no hay final, como en el principio de la nada salió el todo que hoy conocemos… y que, si seguimos así, mañana será nada de nada, fundido al sol como un reloj de Salvador.
Vivimos dentro de esa nada. La misma película de hace sesenta años, pero ahora con chino, ruso y americano peleándose por ver quién se queda con más nada. Van a la Luna con Spielberg y Lucas de guionistas para filmar el vacío y vendérnoslo en 4K. Mientras tanto, nosotros seguimos sin tener nada, nunca, jamás.
¿Correr? Para qué. Con nadar ya basta para ahogarse bellamente en la propia nada, como un cisne electrocutado en una piscina de aceite de oliva, mientras nada.

Nada le quedará al gorila de espaldas blancas cuando se destape la verdad sobre Vox, que sigue siendo menos que nada. Nada le quedará tampoco al gran Pedro, al que todos dicen que no llegará a nada. Y si busca el Nobel de la Paz, que se lo regale a Trump… que tampoco tiene nada. María Corina y Guaidó ya saben lo que es convertirse en humo de pipa de opio.
La Virgen del Pilar, en cambio, sigue teniendo más altares que nadie. ¡Olé!
En el bar, el camarero corre desesperado hacia la mesa del fondo, no están, el cuadro se ha marchado solo, el pintor se quedó frente a su lienzo completamente blanco, sus pinceles de fuego, la casa dentro de su hogar, que es la nada. Expuso y no le contrataron, porque nadie entendió que aquel vacío era el retrato más fiel, más exacto y más caro de nuestro tiempo ya que reflejaba la nada.
Expuso la nada y lo echaron del museo por exceso de honestidad.
Nada puedo decir de lo que leo, porque ya no entiendo nada… y la nada tampoco me entiende a mí. Teniendo todo, nos hemos quedado sin nada. Porque ya no existe… y si existe, está derretido.
Pedro de Aparicio y Pérez de Lucentis
(consultado a una divertida IA que tampoco entiende nada)










