Con motivo de la visita papal, el presidente estuvo impecable en los actos institucionales de rigor, aunque cuando tuvo que alejarse de los Reyes y del Papa la cara era para verla. Estuvo donde tenía que estar: en la terminal de autoridades de la T4, en la Nunciatura, en el Palacio Real y hasta en el Congreso. Todo perfecto, ordenado y bajo control. Sin embargo, llamó poderosamente la atención su ausencia deliberada en los grandes eventos multitudinarios que marcaron la visita de Prevost: la vigilia, la eucaristía y los actos celebrados en escenarios tan emblemáticos como Cibeles o el Bernabéu.
La pregunta surge sola: ¿qué tiene Madrid que provoca semejante comportamiento del presidente? Porque, curiosamente, cuando el escenario cambia a Barcelona, donde el ambiente debe ser mucho más acogedor, su persona se hace presente. Allí no parece haber problema alguno en dejarse ver, pasear entre asistentes o incluso disfrutar de eventos culturales de masas. Da la impresión de que las multitudes catalanas producen una reacción muy distinta a la alergia que parece producir las multitudes madrileñas.
Quizá exista una explicación científica que aún no ha sido descubierta. Tal vez el presidente padezca una extraña reacción de su sistema inmunitario que sólo se activa cuando las concentraciones de ciudadanos tienen lugar en su ciudad natal. Una afección singular que es una reacción desproporcionada que desaparece mágicamente al cruzar el Ebro, -que nace en Fontibre, se hace macho en Aragón…- y que permite una interacción mucho más relajada con ese público.
Por supuesto, también cabe una explicación más terrenal que por fuerza debe ser la acertada: que en determinados entornos el aplauso es más probable que el abucheo.
Y es comprensible que un presidente en la cuerda floja prefiera el calor de una ovación al riesgo de las descalificaciones salidas por la boca del populacho.
Porque al final la cuestión no es dónde aparece Pedro Sánchez, sino dónde decide no aparecer. Y cuando las ausencias resultan más llamativas que las presencias, las preguntas son inevitables.
Madrid sigue esperando una respuesta, y Pedro Sánchez se la debe.
Con Illa: Una maravilla.
Con Puigdemont: El mejor
Con Madrid, ni dormir… Y susurra en la noche: ‘No pasarán’, Pobre.
José Antonio RULFO










