“Lamento decirles que no voy a dimitir”. Bastó esa frase para que la sala comprendiera que enfrente no estaba un presidente acorralado, sino un gigantesco tiburón blanco. Un hombre de 79 años que lleva décadas soportando guerras empresariales, operaciones mediáticas y campañas de desgaste infinitamente más agresivas que las tertulias de chichinabo de este país. Y fue así, que Florentino Pérez desafió y enfrentó a todos.
La ofensiva contra Florentino no es nueva. Ya se encargó él mismo de recordar que comenzó con José María García. Lleva años cocinándose desde sectores mediáticos que han intentado construir el relato de un dirigente acabado, autoritario, desconectado y responsable de todos los males del club. Han querido instalar la idea de que el Real Madrid vive en el caos, en la decadencia y en la ruina. Pero la realidad es una enemiga despiadada para la propaganda. El balance de bienes y males en la gestión de Florentino muestra un desequilibrio positivo que no alcanza ninguna sociedad deportiva en el mundo.
Porque el hombre al que algunos tertulianos pretenden dar lecciones dirige también Grupo ACS, una de las compañías más importantes del planeta, con una facturación cercana a los 50.000 millones de euros y unos 175.000 empleados. Resulta grotesco escuchar a opinadores de madrugada que no dan para dirigir el colmado de su abuela, cuestionar la capacidad de gestión de quien levantó un imperio empresarial global y ha convertido al Real Madrid en la sociedad deportiva más poderosa del mundo.
Conviene recordar de dónde venía el club cuando Florentino llegó. Una entidad económicamente arruinada, institucionalmente deteriorada y lejos de la hegemonía europea que hoy parece natural. Lo reconstruyó todo. El patrimonio, la marca, el estadio, la dimensión internacional y la ambición competitiva. El resultado está ahí, es incuestionable. Un palmarés incomparable y una musculatura financiera que ningún otro club mundial puede exhibir sin depender de estados, fondos soberanos o artificios contables.
Y quizá por eso molestan tanto sus palabras. Porque cuando Florentino habló de la corrupción estructural del fútbol español puso el dedo exactamente donde más duele. El Caso Negreira. “Que tengamos que escuchar del presidente del Comité Técnico de Árbitros que eso son cosas que hay que olvidar… ¿pero cómo que hay que olvidar?”, vino a decir. Y remató con una frase demoledora: “Solo he ganado siete Copas de Europa y siete ligas que podían haber sido catorce porque siete me las han robado”.
Eso es lo verdaderamente imperdonable para algunos; que no agache la cabeza. Que siga señalando las miserias de un sistema profundamente contaminado. Que no acepte el papel de anciano fatigado que muchos le habían reservado. Han medido mal. Muy mal. Porque a este tiburón no se le caza tan fácilmente. Y desde luego, a un hombre con una fortuna personal de miles de millones de euros, acostumbrado a negociar en los centros de poder económico mundiales, no se le atrapa con un lazo de mentiras fabricado en las redacciones de los medios.
Florentino podrá gustar más o menos. Pero hay figuras que terminan trascendiendo incluso sus propias contradicciones. Y él ya pertenece a esa categoría. El día que desaparezca, el madridismo entenderá que no se marcha únicamente un presidente, sino el mejor arquitecto de la historia del club, su mejor dirigente. Un faraón moderno. Y quizá por eso, ya convertido en leyenda, merezca descansar en ese hipogeo que él mismo diseñó, y que su féretro se eleve a la superficie justo antes de cualquier partido de las noches europeas que su inteligencia convirtió en inolvidables.
Gracias, Florentino Pérez, por no pedir permiso para defender al Real Madrid cuando tantos llevan años intentando derribarlo desde dentro y desde fuera.
¡Gracias por tanto y un abrazo cósmico!
Coto MATAMOROS.










